Hablar con las mujeres calientes en línea

Parte 2 del cuento que publiqué hace una semana. Perdonen la demora. Comenzando con parte 3 hoy mismo. Saludos.

2019.10.03 12:30 Davidemagx Parte 2 del cuento que publiqué hace una semana. Perdonen la demora. Comenzando con parte 3 hoy mismo. Saludos.

Me llevó varios meses acostumbrarme, los primeros días sufriendo dolores de cabeza y vértigo, era para mí toda una experiencia y la raíz de los hábitos incluso hasta el día de hoy siguen presentes, todavía dirijo la mirada a los labios de las personas al hablar para leerlos, aún cuando puedo oírlas y si bien dependo del lenguaje de señas pata comunicar yo es gratificante saber que al menos una parte del esfuerzo de los demás se ve aliviado.
Descubriría cada día un sonido diferente, un silencio, una pausa entre ruidos. Cosas que creía emitirían sonido de pronto no lo hacían, todavía miro a los árboles esperando captar algo que ya sé no voy a escuchar, más allá del ruido de las hojas cuando las agita el viento son, contra todas mis expectativas, mudos y de alguna manera lo encontraba algo incómodo de ver. También esperaba que los insectos hicieran ruido al caminar, perdí cuenta de las tantas veces en las que me llevé sobresaltos con alguna araña por no oírla aproximarse, hallé el ladrido de los perros molestos y el ronronear de los gatos extremadamente reconfortantes, amo el canto de los pájaros y por un buen tiempo solía madrugar solamente para oírlos cantar antes de que el pueblo se despertara. Aún me resulta difícil acostumbrarme al bullicio del centro y la superposición de voces y sonidos me marea en ocasiones y no imaginaba que mi oficio fuese, en ocasiones, lo ruidoso que puede ser. Descubrí que disfruto de ciertos tipos de música, de preferencia instrumental siendo la música clásica mi preferida, el rock solo me dio dolores de cabeza y luego de haberlo escuchado encontré la sensación de un sonido metálico, como un zumbido a veces, que acompañaba el paso de vehículos y relojes así como también taponamiento de oídos. El malestar perduró cerca de un mes, tras el cual no volví a tener contacto con ningún genero desde el rock hacia arriba y me mantuve dentro de los clásicos como Ludwig Van Beethoven, Vivaldi, y Bach.
Un sábado que amanecía, ya con la rutina adquirida, preparé mi equipo de mate y salí al patio de casa sin despertar a mi mujer o mis hijos, eran mis momentos de paz y calma antes de las corridas del laburo y llegar momento del día en que algún ruido me diera un dolor de cabeza. La mañana era fresca, me había ubicado abajo del jacarandá que habíamos plantado unos años antes, en un sillón reposera y con un banquito de algarrobo al lado donde apoyaba el mate y termo, entre mate y mate los pájaros comenzaban su canto juguetón, el sol iba bañando las copas de los árboles con lentitud a medida que ascendía. Cerré los ojos y me dejé, con media sonrisa en la cara, abrazar por la tranquilidad y de pronto noté el silencio. Abrí los ojos y observé en dirección a los árboles al rededor, no oía nada, toqué el audífono y subí el volumen pero no captaba un solo sonido. Llevé una mano al oído y di un chasquido para probar, con el volumen al máximo me aturdió un poco, cuando vi al suelo un gorrión cayó desplomado desde el árbol, alas abiertas, pecho arriba, patas al aire, quieto, solo la brisa que corría novia sus plumas. Con los ojos abiertos mirando al cielo, no entendía qué había pasado, miré hacia arriba buscando algún carancho, un gato, alguna señal de que hubiese sido presa pero no había nada y entonces lo escuché..
Desde algún lugar una multitud de voces gritando al unísono, se oían angustiadas, desesperadas, o era ¿miedo? Traté de concentrarme pero no dio resultado, seguía siendo demasiado leve para asegurarlo. No supe qué hacer con ello, cómo reaccionar, todo lo demás parecía tan silencioso y quieto, la puerta de la casa me distrajo
Logré terminar de pasar todos los cables, sólo me quedaban instalar las llaves, hacer la bajada a tierra y enganchar a la línea pero desde que la tarea me suponía menos carga decidí dejarlo para el otro día y volver a casa a un merecido descanso. Picar las paredes me había agotado más de la cuenta, quería solamente llegar y bañarme, quizás hacer una siesta y dedicar la tarde a algo más liviano como el cobro de cuentas y pagar a mis proveedores. Un poco de trabajo de oficina, como me gustaba llamarle a la cabina de la camioneta, y fue exactamente así como mi día terminó.
Desperté tarde por el calor intenso, sudado y casi cegado por el brillo intenso que entraba por la ventana. Un leve dolor de cabeza me abrazaba, se me dificultaba respirar por el aire caliente, sentía que ardía al inhalar y exhalar. La cama estaba vacía, la casa en silencio ¿A dónde fueron todos? Me levanté de la cama y salí al comedor, todas las puertas y ventanas abiertas dejando entrar un sol inclemente como jamás antes había visto, llevé una mano frente a mis ojos al mirar en dirección al patio para protegerme de la luz intensa y salí. El sol quemaba la piel al primer contacto, el piso imposible de pisar, retrocedí a la sombra dentro casa ¿cómo podía hacer tanto calor? Un sonido comenzó a llegarme, leve, como ahogado, me di cuenta que tenía el audífono en nivel bajo y subí el volumen con cuidado, a medida que aumentaba el sonido se volvía más claro, gritos. La misma cacofonía de voces procedentes desde algún lugar pero ésta vez más clara. Dios, gritaban como si estuviesen quemándose vivas, dejé de subir el volumen pero los gritos intensificaban exponencialmente. La cabeza comenzaba a doler más de la cuenta, algo captó mi vista afuera, un pájaro cubierto en llamas caía al suelo, pestañé incrédulo y cuando mis ojos volvieron a abrirse apenas unas centésimas de segundos después el pájaro ya no estaba, en su lugar yacía un cuerpo humano calcinado retorciéndose aún con vida ¿cómo podía ser posible? Los gritos me atendían, el calor comenzaba a sentirse como un incendio forestal, quise abrir la canilla de la cocina para tirarme agua pero el grifo de metal me quemó la mano al contacto, vi por la ventana que daba al patio, el cuerpo calcinado ya no estaba, al girar lo tenía parado frente a mí, rostro carbonizado cortado por heridas que escupían líquidos sanguíneos, jugos de carne humana haciendo ebullición, podía oler el chamuscado lo que me provocó náuseas, abrió la boca y chispas salieron disparadas desde la garganta como cuando el carbón revienta, dejando escapar un grito desgarrador de dolor, de agonía, tan alto que sentí la regeneración en todo mi cuerpo y particular sobre la cabeza. Comencé a sangrar profusamente por la nariz y oídos hasta que perdí la conciencia y caí goleando en seco el suelo. Desperté mirando al techo, el sol apenas empezaba a salir afuera, mi mujer dormía tranquila al lado, el alivio de saber que fue sólo un sueño me hizo suspirar aunque el corazón me golpeaba el pecho como una piedra rodando cuesta abajo a los saltos, estaba asustado, no entendía qué había sido ni de dónde había salido esa pesadilla. Limpié mi cara con ambas manos y al verlas noté que el sudor estaba cortado con sangre, fui al baño y en el espejo vi que había sangrado por la nariz y oídos. Volví a la cama y mi almohada tenía las manchas circulares donde cada oreja estuvo y pronto la tomé y llevé al lavadero para lavarlas antes de que Florencia despertara y lo viera, decidí no contarle nada para no preocuparla y más tarde fui a ver a mi médico, consiguiendo el turno directamente en la recepción y ayudado con una nota que escribí ya que la recepcionista no sabía el lenguaje de señas. Evité contarle al doctor sobre el sueño porque temí me diagnosticara algún tipo de trastorno mental diciéndole en cambio que lo que tras haber picado una pared había quedado con una sensación rara en los oídos. Me revisó y notó que habían signos de sangrado interno aunque no había un daño aparente o al menos no uno que pudiera verse a simple vista por lo que me ordenó una resonancia, pedí por la posibilidad de realizarla ese mismo día y tras hablar con la recepcionista y apuntar que era de urgencia lograron mover un turno para esa misma mañana.
(Porbrazones de extensión, continúa en primer comentario)
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2018.07.12 07:22 master_x_2k Interludio VI

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Interludio VI

La mandíbula de Paige le dolía. Ser amordazada como un animal hacia eso.
Las otras ataduras no eran tan molestas, pero eso era solo en un sentido relativo. Sus manos fueron enterradas en un par de cubos de metal reforzado, cada uno lleno con esa maldita espuma de color amarillo pastel. Los cubos estaban unidos detrás de su espalda, con enlaces de cadena cómicamente sobredimensionados. Hubiera sido intolerablemente pesado si no fuera por el gancho en el respaldo de su silla, en el que podía colgar la cadena.
Tiras de metal se habían ajustado justo debajo de sus axilas, cerca de la parte inferior de las costillas, la parte superior de los brazos y la cintura, con dos bandas más alrededor de cada uno de sus tobillos. Las cadenas parecían conectar todo, evitando que moviera los brazos o las piernas más de unos pocos centímetros en cualquier dirección antes de sentir la frustrante resistencia y el tintineo de las cadenas. El collar de metal pesado alrededor de su cuello, lo suficientemente grueso que podría haber sido un neumático para un vehículo pequeño, parpadeaba con una luz verde con la suficiente infrecuencia que olvidaba anticiparlo. Ella se distraía y molestaba por su aparición en su visión periférica cada vez que brillaba.
La ironía era que un par de esposas habrían bastado. No tenía fuerza mejorada, ni trucos para deslizarse fuera de sus restricciones, y no estaba dispuesta a correr de todos modos. Si algo de eso era una posibilidad real, no le habrían permitido entrar en la sala del tribunal. La fiscalía había argumentado que podría haber aumentado su fuerza, que podía ser un riesgo de huida, y su abogado no había hecho un trabajo lo suficientemente bueno para argumentar en contra, así que las restricciones habían continuado. Lo que significaba que estaba atada como Hannibal Lecter, como si ya fuera culpable. Incapaz de usar sus manos, su cabello, el vibrante y sorprendente amarillo de un limón, se había deslizado de donde estaba metido detrás de sus orejas y ahora había hebras colgando frente a su cara. Sabía que solo la hacía parecer más desquiciada, más peligrosa, pero no había nada que pudiera hacer al respecto.
Si hubiera podido, habría tenido un comentario o dos para hacer al respecto, o al menos podría haber pedido al abogado que le arreglara el pelo. Hubiera discutido con el hombre que había sido contratado como su defensa, en lugar de esperar horas o días para responder a cada uno de sus correos electrónicos. Ella habría exigido que se cumplieran sus derechos básicos.
Pero ella no pudo decir nada. Una máscara de cuero reforzada con las mismas tiras de metal que estaban en su cuerpo y una rejilla estilo jaula de pequeñas barras de metal estaba atada a la parte inferior de su cara. El interior de la máscara era lo peor, porque el mecanismo se extendía dentro de su boca, un entramado de alambres manteniendo su boca fija en una posición ligeramente abierta, su lengua presionada con fuerza contra el piso de su boca. El barbárico aparejo dejaba a su mandíbula, su lengua y los músculos de su cuello irradiando tensión y dolor.
“Silencio. Todos de pie, por favor. Esta corte está ahora en sesión, presidiendo el honorable Peter Regan.”
Era tan difícil moverse con las restricciones. Su abogado agarró la cadena que corría entre su axila y su brazo, para ayudarla a ponerse de pie, pero ella tropezó de todos modos, chocó contra la mesa. No había forma de ser elegante cuando usabas restricciones que pesaban la mitad que tú.
“Señoras y señores del jurado, ¿han llegado a un veredicto?”
“Lo hicimos, su señoría.”
Paige vio como el empleado le entregaba el sobre al juez.
“En lo que respecta al estado de Massachusetts versus Paige Mcabee, en cuanto al cargo de intento de asesinato, ¿cómo la encuentran?”
“No culpable, su señoría.”
Paige se relajó un poco con alivio.
“En lo que respecta al estado de Massachusetts versus Paige Mcabee, en cuanto al cargo de asalto agravado con habilidad parahumana, ¿cómo la encuentran?”
“Culpable, su señoría.”
Paige negó con la cabeza lo mejor que pudo. ¡No! ¡Esto no era justo!
Ella casi se perdió la siguiente línea. “... agresión sexual con una habilidad parahumana, ¿cómo la encuentran?”
“Culpable, su señoría.”
Asalto sexual. Las palabras le helaron la sangre. No fue así.
“¿Es este su veredicto?”
“Sí, su señoría.”
“Paige Mcabee, por favor dirija su atención hacia mí”, dijo el juez.
Ella lo hizo, con los ojos muy abiertos, con la boca abierta.
“Determinar la sentencia para este caso no es fácil. Como su abogado sin duda le ha informado, usted cae bajo el alcance del ATCP, la norma de las tres condenas.[1] A la edad de veintitrés años, no has sido declarada culpable de ningún delito anterior.
“Según los testigos escuchados en este tribunal, primero demostró sus habilidades a principios de 2009. Usted fue explicita en no querer ser miembro del Protectorado, pero también expresó su desinterés por una vida delictiva. Este estado, en el que un individuo no se identifica como héroe o villano, es lo que el ERP clasifica como un ‘renegado’.”
“Nos interesa promover la existencia de renegados, ya que la proporción de parahumanos en nuestra sociedad aumenta lentamente. Muchos renegados no causan enfrentamientos, ni buscan intervenir en ellos. En cambio, la mayoría de estos individuos vuelven sus habilidades al uso práctico. Esto significa menos conflicto, y esto sirve al mejoramiento de la sociedad. Estos sentimientos reflejan los que usted expresó a su familia y amigos, como escuchamos en este tribunal en las últimas semanas.”
“Esos hechos están a tu favor. Lamentablemente, el resto de los hechos no lo están. Entienda, señorita Mcabee, que nuestra nación usa el encarcelamiento por varias razones. Nuestro objetivo es eliminar a las personas peligrosas de la población y lo hacemos de manera punitiva, tanto por justicia contra los transgresores como para desalentar a otros delincuentes.”
“Cada uno de estos se aplica en su caso. No es solo la naturaleza atroz del crimen lo que debe considerarse con la sentencia, sino el hecho de que se realizó con un poder. Las leyes son aún nuevas frente a la criminalidad parahumana. Tomamos conciencia de nuevos poderes semanalmente, la mayoría de los cuales, si no todos, merecen atención cuidadosa e individual con respecto a la ley. En muchos de estos casos, hay poco o ningún precedente al que recurrir. Como tal, los tribunales se ven obligados a adaptarse continuamente, a ser proactivos e inventivos frente a las nuevas circunstancias que introducen las habilidades parahumanas.”
“Es con todo esto en mente que considero su sentencia. Debo proteger al público, no solo de ti, sino de otros parahumanos que podrían considerar hacer lo que tú hiciste. Colocarte en detención estándar resulta problemático y exorbitantemente costoso. Sería inhumano y dañino para su cuerpo mantenerla bajo restricción mientras dure su encarcelamiento. Deben organizarse instalaciones especiales, personal y contramedidas para mantenerla aislado de otros reclusos. Usted plantea un riesgo de fuga significativo. Finalmente, la posibilidad de que usted reingrese a la sociedad, por escape o libertad bajo palabra, es particularmente preocupante, dada la posibilidad de una ofensa repetida.”
“Es con esto en mente que he decidido que hay motivos suficientes para condenarla fuera del alcance del ATCP. Culpable de dos cargos, la acusada, Paige Mcabee, es sentenciada a encarcelamiento indefinido dentro del Centro de Contención Parahumana Baumann.”
La Pajarera.
El ruido en la sala del tribunal era ensordecedor. Un rugido de vítores y abucheos, movimiento, gente de pie, periodistas presionando para ser los primeros en salir. Solo que Paige parecía estar quieta. Fría, congelada en horror absoluto.
Si hubiera podido, ese podría haber sido el momento en que perdía el control. Ella habría gritado su inocencia, le habría dado un ataque, incluso habría dado algunos golpes. ¿Qué tenía ella que perder? Esa sentencia era poco mejor que una ejecución. Algunos dirían que era peor. No habría escapatoria, ni apelaciones, ni libertad condicional. Pasaría el resto de su vida en compañía de monstruos. Con algunas de las personas que estaban encerradas allí, la descripción de ‘monstruo’ era demasiado literal.
Pero ella no pudo. Ella estaba atada y amordazada. Dos hombres que eran más grandes y más fuertes que ella pusieron sus brazos debajo de sus axilas, prácticamente cargándola fuera de la sala del tribunal. Una tercera persona en uniforme, una mujer corpulenta, caminó rápidamente junto a ellos, preparando una jeringa. El pánico se apoderó de ella, y como ella no tenía forma de expresarlo, de hacer algo al respecto, la histeria solo se agravó, lo que hizo que se sintiera más presa del pánico. Sus pensamientos se disolvieron en una neblina caótica.
Incluso antes de que la jeringa de tranquilizantes fuera hundida en su cuello, Paige Mcabee se desmayó.

Paige se despertó y disfrutó de cinco segundos de paz antes de recordar todo lo que había pasado. La realidad la golpeó como un chorro de agua fría en la cara, algo literalmente. Abrió los ojos, pero los encontró secos, el mundo demasiado brillante para enfocarse. El resto de ella estaba húmedo, mojado. Gotas de agua corrían por su rostro.
Trató de moverse, y no pudo. Era como si algo pesado hubiera sido amontonado encima de ella. La parálisis la aterrorizó. Paige nunca había soportado ser incapaz de moverse. Cuando se fue a acampar cuando era niña, había preferido dejar su saco de dormir abierto y tener frío en vez de estar confinada dentro de él.
Era esa espuma, se dio cuenta. Las restricciones no fueron suficientes, le rociaron con esa cosa para asegurarse de que todo debajo de sus hombros estaba cubierto. Cedía un poco para permitirle exhalar, incluso podía mover los brazos y las piernas un poco, inclinarse en cualquier dirección. Sin embargo, cuanto más empujaba, más resistencia había. En el momento en que ella detuvo sus esfuerzos, todo volvió a la misma posición con el tirón elástico de la espuma. Sintió náuseas en el estómago, el latido de su corazón se aceleró. Su respiración se incrementó, pero la máscara hizo que incluso su respiración se sintiera confinada. El agua hacía que su máscara se humedeciera, por lo que se pegaba a su boca y nariz. Había ranuras para su nariz y boca, pero era muy poco. No podía tomar una respiración profunda sin llevar agua a la boca, y con la lengua presionada contra su mandíbula, no podía tragar fácilmente.
La habitación se tambaleó, y tuvo que detenerse antes de perder el desayuno. Si vomitaba con la máscara ella podría ahogarse. Débilmente se dio cuenta de dónde estaba. Un vehículo. Un camión. Había pasado por un bache.
Sabía a dónde estaba llevándola. Pero si no podía liberarse, iba a perder la cabeza antes de llegar allí.
“El pajarito está despierto”, una chica habló, con un toque de acento nasal de Boston.
“Mmm.” Un hombre gruñó.
Paige sabía que la referencia a un ‘pájaro’ se debía a las plumas sueltas que sobresalían de su cuero cabelludo. Sus poderes habían venido con algunos cambios cosméticos extremadamente menores, convirtiendo su cabello en el amarillo brillante de un plátano o un pato bebé. Afectó todo el pelo de su cuerpo, incluso las pestañas, las cejas y los finos vellos de los brazos. Las plumas habían comenzado a crecer un año atrás, exactamente el mismo tono que su cabello, solo un puñado a la vez. Al principio, alarmada y avergonzada, ella las había cortado. Una vez que se dio cuenta de que no estaban ocurriendo más cambios, se relajó y las dejó crecer, incluso las exhibió.
Paige dirigió su atención a las dos personas en el vehículo con ella, contenta por la distracción a su creciente pánico. Tuvo que obligar a sus ojos a permanecer abiertos, por dolorosa que era la luz, esperando a que sus ojos se enfocaran. Sentada en el banco a su lado había una chica de su edad. La chica tenía un aspecto asiático en sus rasgos. Sus ojos, sin embargo, eran de un azul muy pálido, traicionando un poco de herencia occidental. La chica llevaba el mismo overol naranja que Paige, y cada parte de ella, excepto los hombros y la cabeza, estaba cubierta por la espuma blanca amarillenta. Su cabello lacio y negro estaba pegado al cuero cabelludo por la humedad.
El hombre se sentaba en el otro banco. Había más espuma alrededor de él que alrededor de Paige y la otra chica juntas. Para colmo, una jaula de barras de metal rodeaba la espuma, reforzando el aparejo. El hombre también era asiático, no menos de dos metros de altura. Los tatuajes se deslizaban por los lados de su cuello y detrás de sus orejas, en medio de su húmedo cabello negro; Llamas rojas y verdes, y la cabeza de lo que podría haber sido un lagarto o un dragón, dibujado en un estilo oriental. Tenía el ceño fruncido, los ojos ocultos en las sombras, ajeno al chorro interminable de roció que los aspersores en el techo del camión estaban generando.
“Oye, pajarito”, dijo la chica sentada frente a Paige. Ella estaba mirando a Paige como si esos ojos fríos pudieran mirar a través de ella. “Esto es lo que vamos a hacer. Te inclinas hacia la derecha lo más fuerte que puedes, luego te empujas hacia la izquierda en mi señal. Pero sigues mirando hacia la puerta de atrás, ¿de acuerdo?”
Paige miró a su derecha. La puerta trasera del camión parecía una puerta de bóveda. Ella rápidamente miró a la chica asiática. ¿Realmente quería darle la espalda a esta persona?
La chica pareció notar la vacilación de Paige. Ella bajó la voz hasta un siseo que hizo que la piel de Paige se estremeciera. “Hazlo. A menos que realmente quieras arriesgarte ante la posibilidad de que pueda encontrarte en la prisión, si no haces lo que te digo.”
Los ojos de Paige se ensancharon. Este era el tipo de persona con la que la iban a encerrar. Ella sacudió su cabeza.
“Bien, pequeño pajarito. Ahora inclínate hacia tu derecha, mira hacia la puerta.”
Paige lo hizo, forzando su cuerpo para moverse tan cerca de la puerta como pudo.
“¡Y de vuelta!”
Ella se movió hacia el otro lado, con los ojos todavía en la puerta. Algo pesado crujió contra la parte posterior de su cabeza. Trató de alejarse, sentarse derecha de nuevo, pero fue detenida cuando la máscara se enganchó en algo.
Cuando sintió un aliento caliente en la parte posterior de su cuello, supo lo que había enganchado. La otra chica se había agarrado a la correa de la máscara con los dientes. Hubo un tirón, luego la chica perdió el agarre, y las dos fueron empujadas hacia atrás a sus posiciones individuales por la gomosa espuma.
“Mierda”, gruñó la chica, “Otra vez.”
Tomó dos intentos más. En el primero, la correa se liberó de la hebilla. En el segundo, la chica agarró la máscara y tiró. Paige giró su cabeza en dirección a la chica para que la jaula parecida a un chupete en el interior de su boca pudiera liberarse.
Zarcillos de baba se extendieron desde su boca mientras estiraba su mandíbula y su lengua, tratando de tragar apropiadamente. Ella dejó escapar un pequeño gemido cuando la sensación regresó a las partes de su rostro que se habían vuelto entumecidas.
“Dos pweguntash,” balbuceó la chica asiática, sus dientes aun agarrando el cuero de la máscara entre ellos, “¿Túh pohwed?”
Paige tuvo que estirar su mandíbula y su boca un segundo antes de poder hablar, “¿Mi poder? Yo canto. Realmente bien.”
La chica asiática frunció el ceño, “¿Gé mash?”
“Yo... hago que la gente se sienta bien. Cuando toma impulso, puedo afectarlos, alterar sus emociones, hacerlos susceptibles a seguir instrucciones.”
La chica asintió con la cabeza, “¿Eh collah?”
Paige bajó la mirada hacia el collar de metal pesado alrededor de su cuello, “Está preparado para inyectar tranquilizantes en mi cuello si canto o alzo la voz.”
“Okah”, balbuceó la chica, "Toma lah mahcaga.”
“¿Por qué?”
“¡Tomagah!”
Paige asintió. Se apartaron la una de la otra, luego se balancearon, la chica le pasó la máscara. Ella la apretó entre sus dientes, sintiendo su mandíbula dolorida.
“Suelta eso y te invierto la piel”, dijo la chica, “Lung. Oye, ¿Lung? Despierta.”
El hombre sentado frente a ellas levantó un poco la cabeza y abrió los ojos. Tal vez. Paige no podía verlo.
“Sé que es difícil con las cosas que te inyectaron, pero necesito tu poder. Pajarito, inclínate hacia adelante, muéstrale la máscara.”
Paige hizo todo lo posible para empujarse hacia adelante contra la espuma que estaba en capas contra su pecho y su estómago, agarrando la correa en sus dientes, la máscara colgando debajo de su barbilla.
“Necesito que calientes el metal, Lung”, dijo la chica. “Jodidamente caliente.”
Lung negó con la cabeza. Cuando habló, no había acento de Boston en su voz. El acento que estaba allí hacia cortas sus palabras, claramente no era la voz de un hablante nativo de inglés. “El agua. Está demasiado mojado, demasiado frío. Y no puedo verlo bien. Mis ojos no han sanado por completo, y es difícil ver a través de este rocío. No me molestes con esto.”
“Inténtalo , miserable hijo de puta. Fracaso de líder. Es lo mínimo que puedes hacer, después de que una niña te pateo el culo, dos veces.”
“Basta, Bakuda.” Gruñó. Él golpeó su cabeza contra el metal de la pared del camión detrás de él, como para acentuar su declaración.
“¿Qué? No pude escuchar eso”, la chica, Bakuda, sonrió con una pizca de manía en su expresión, “¡Tu voz es demasiado aguda para mi rango de audición! ¡Patético... mestizo... eunuco!”
“¡Basta!” Rugió, golpeando de nuevo su cabeza contra la pared del camión. “¡Te mataré, Bakuda, por estos insultos! Te arrancaré el brazo de tu zócalo y lo meteré-”
“¡¿Enojado?!” lo interrumpió, prácticamente chillando, “¡Bien! ¡Úsalo! Calienta el puto metal. ¡La tira de metal alrededor de los bordes!”
Todavía jadeando por el esfuerzo de gritar, Lung dirigió su atención a la máscara. Paige hizo una mueca ante la explosión de calor en su cara, comenzó a alejarse, pero se detuvo cuando Bakuda habló.
“¡Concéntralo!” Gritó Bakuda, “¡Céntrate en los bordes!”
La radiación de calor cesó, pero Paige se dio cuenta de un olor fuerte y ahumado.
“¡Más caliente! ¡Tan caliente como puedas!”
El olor era demasiado fuerte, demasiado acre. Paige tosió un par de veces, con fuerza, pero no perdió el agarre de la máscara.
“¡Ahora, pajarito! ¡La misma maniobra que antes, pero no la sueltes!”
Paige asintió. Ella se inclinó, luego giró en dirección a Bakuda. Lo que siguió la sorprendió más que cuando Bakuda había mordido la correa de la máscara.
La chica asiática comenzó a atacar salvajemente el metal candente con sus dientes, cavando en él incluso cuando tenían que alejarse. Más suave con el calor, la fina tira de metal se liberó de la máscara misma. El metal que corría a lo largo de la correa cortó el labio de Paige cuando salió. Ella casi-casi-dejó caer la máscara, pero logró chasquear los dientes para atrapar la hebilla en los dientes antes de que pudiera caer al suelo.
Cuando la tira se soltó, Bakuda se echó hacia atrás y sacudió la cabeza a un lado, con fuerza, empalándose en el hombro con un extremo. Ella gritó, y la sangre salió de una de las quemaduras en su boca.
Paige miró a Lung. El hombre enorme no hizo nada, permaneciendo en silencio. Solo miró desapasionadamente cómo el pecho de Bakuda se agitaba con el esfuerzo y el dolor, con la cabeza colgando.
“¿Qué diablos estás haciendo?” Respiró Paige.
"Sin manos, tengo que buscarle la vuelta”, Bakuda jadeó, “De nuevo. Antes de que mi cuerpo se dé cuenta de lo mal que lo estoy lastimando.”
Paige asintió. Ella no estaba dispuesta a discutir con el supervillano que amenazaba con darle vuelta la piel.
Los siguientes intentos no fueron más bonitos ni más fáciles. La segunda tira larga de metal fue liberada y Bakuda también la empaló en su hombro. Las rejillas de metal de las partes exteriores e interiores de la máscara estaban próximas a ser liberadas. A Paige solo le quedaba la parte de cuero de la máscara, las correas y la cubierta que le cubría la boca y la nariz. Al ver a Bakuda equilibrar con cuidado las rejillas de metal en su hombro libre, contra la espuma pegajosa para que no se resbalen, Paige hizo lo mismo con el cuero de la máscara.
“¿Qué hiciste para ser enviada aquí?” Preguntó Paige.
“Lo último que escuché, antes de que perdiéramos el poder en nuestro vecindario, era que el recuento de cadáveres era casi de cincuenta.”
“¿Mataste a cincuenta personas?”
Bakuda sonrió, y no era bonita, con sus labios tan devastados como estaban. “Lastime más, también. Y hubo quienes sufrieron daños cerebrales, uno o dos pudieron haberse vuelto locos homicidas, y sé que un montón fueron congelados en el tiempo por cien años más o menos... se vuelve borroso. El momento cumbre fue la bomba.”
“¿Bomba?” Preguntó Paige, sus ojos se abrieron de par en par.
“Bomba. Dijeron que era tan poderosa como una bomba atómica. Idiotas. Ni siquiera entendían la tecnología detrás de ella. Incultos. Claro, era más o menos igual de poderosa, pero ese ni siquiera era el daño real. Lo más increíble hubiera sido la onda electromagnética que generaba. Borraría cada disco duro, freiría cada placa de circuito para cada pieza de maquinaria en una quinta parte de América. ¿Los efectos de eso? Hubiera sido peor que cualquier bomba atómica.”
Incapaz de siquiera pensar en eso, Paige miró a Lung. “¿Y él?”
“¿Lung? Él es quien me dijo que lo hiciera. El hombre a cargo, es él.”
La cabeza de Lung se movió fraccionalmente, pero con las sombras bajo su frente, Paige no podía decir si él estaba mirando.
“¿Tú?” Bakuda le preguntó a Paige. “¿Qué hiciste para ser enviada aquí?”
“Le dije a mi ex que se fuera a la mierda.”[2]
Hubo una pausa, luego Bakuda comenzó a cacarear. “¿Qué?”
“Es complicado”, Paige miró hacia otro lado y hacia abajo.
“Tienes que explicar, pajarito.”
“Me llamo Paige. Mi nombre artístico era Canary.”
“Ooooh”, habló Bakuda, todavía cacareando un poco mientras agarraba una de las tiras de metal que le atravesaba el hombro y la liberaba. Sosteniéndola entre sus dientes, ella dijo, “Esho no esh bueno. ¿Llamahte Canary en prishion?” [3]
“No tenía la intención de ir a prisión.”
“¿Quiéh la tiede?”
“Quiero decir, ni siquiera soy un supervillano. Mi poder, me hace una cantante fantástica. Ganaba mucho dinero haciéndolo, se hablaba de ofertas discográficas, nos movíamos a escenarios más grandes y mis shows seguían agotando entradas... todo era perfecto.”
Bakuda dejó que la tira bajará de sus dientes hasta que colgaba, luego la maniobró con cuidado hasta que se aferró al extremo izquierdo de la misma. Se inclinó hacia atrás, con la cabeza mirando hacia el techo, mientras deslizaba la otra tira de metal, la que estaba empalada en su hombro, dentro de su boca, así que estaba sosteniendo un extremo de cada tira en su boca. Haciendo una pausa, ella preguntó: “¿Qué pasho?”
Paige negó con la cabeza. Era el testimonio que ella nunca había podido decir en voz alta, en su juicio. “Acababa de terminar mi espectáculo más grande hasta ahora. Dos horas en el escenario, un gran éxito, a la multitud le encantó todo. Hice el cierra y fui al backstage para descansar, tomar un trago y encontré a mi ex. Me dijo que, como él fue quien me empujó a salir al escenario en primer lugar, merecía crédito. Quería la mitad del dinero.” Ella se rió un poco, “Ridículo. Como si sé supusiera que fuera a ignorar el hecho de que me engañó y me dijo que nunca lo lograría de verdad cuando se fue.”
Bakuda asintió. Se apartó de las tiras, donde había logrado atarlas con la apariencia de un nudo. Usó sus dientes para doblar las tiras ahora unidas en forma de L. Con el extremo que no estaba empalado en su hombro ahora en una posición frente a ella, cerró la boca sobre él.
“Nosotros discutimos. Luego le dije que se fuera a la mierda. Se fue, y no lo pensé ni un segundo... hasta que la policía apareció en mi puerta.”
Bakuda apartó su boca del final de la tira. Ella lo había doblado en forma de 'v' suelta. Ella frunció el ceño y luego miró a Paige, “¿Y?”
"Y lo había hecho. S- Supongo que todavía estaba energizada con mi actuación, y los efectos de mi poder todavía estaban potenciando mi voz, o él estaba en la audiencia y se vio muy afectado. Entonces, cuando le dije que se fuera a la mierda, él, um, lo hizo. O lo intentó, y cuando descubrió que no era físicamente posible, se lastimó hasta que...” Paige cerró los ojos por un momento. “Um. No entraré en los detalles.”
“Mmmm, leh pasha por idiota. Oo 'oo” Bakuda alzó las cejas, todavía trabajando la tira de metal dentro de su boca. Se apartó, verificó que el extremo estaba en forma de ‘o’, y luego se agarró las tiras con los dientes para sacarse la cosa de su hombro con un gruñido. Puso el extremo que acababa de retocar contra el banco y deslizó su boca a lo largo del metal, para poder agarrarla del otro lado.
Tomándola con los dientes, volvió su atención a la pared del camión entre ella y Paige. Había cerraduras colocadas a intervalos regulares contra la pared, destinadas a asegurar la cadena de esposas estándar en su lugar, para aquellos que no se rocían con espuma. Ella comenzó a pasar la correa de metal a través del lazo de la cerradura. Las gotas de sudor se mezclaron con el agua que corría por su rostro mientras trabajaba.
El nudo que une las dos correas se atascó en el agujero. Bakuda empujó un poco más fuerte, y lo colocó firmemente en su lugar. La curva en L del metal colocó el asa cerrada de metal en forma de ‘o’ cerca del hombro de Paige.
“¿Alguna posibilidad de que Oni aparezca?” Preguntó Bakuda a Lung.
“Me sorprendería”, retumbó su respuesta.
Ella agarró una de las rejillas de metal en su boca y comenzó a trabajar con sus dientes. Era una sola pieza delgada de metal, doblada y tejida como una malla de eslabones, aunque con una malla más apretada. Ahora que las tiras de metal ya no lo sujetaban con seguridad, Bakuda podía comenzar a desenrollarlo y enderezarlo.
Cuando estuvo casi completamente desenrollado, ella ajustó su mordida y apretó la segunda masa de alambre, la que había estado en la boca de Paige, en sus mandíbulas, amontonándola en un desastre cilíndrico de unos cuatro centímetros de largo y una pulgada de ancho. Todavía mordiéndola, giró su cabeza para que el cable de un metro y medio de longitud apuntara a Lung, a menos de un metro de su rostro. Todavía con la boca alrededor de la maraña de alambre, murmuró: “Necesito punta caliente.”
Lung gruñó, pero hizo lo que le pedía. Cuando la punta estuvo al rojo vivo, Bakuda ajustó rápidamente su agarre, soltando y mordiendo otra vez hasta que la punta estuvo cerca de su boca. Con los labios hacia atrás, ella lo mordió.
“¿Cómo puedes hacer eso?” Paige preguntó: “¿No duele?”
“Ovioh ge duere, eshtupidah”, gruñó Bakuda. Se apartó, lo colocó de manera que el mango quedara contra el banco, con la longitud del alambre pegado a su hombro, y examinó su obra. “Pero el esmalte de los dientes es más duro de lo que piensas.” Escupió una gota de sangre en el piso del camión, luego mordió dos veces más, haciendo una pausa entre las mordidas para girar la longitud del metal con sus dientes, labios y lengua.
Cuando extendió la longitud del cable en dirección a Paige, deslizándolo a través del extremo en forma de ‘o’ de la banda de metal, Paige se dio cuenta de lo que Bakuda había pasado tanto tiempo armando. Ni siquiera necesitó que se le pidiera que se inclinara contra las correas de espuma y levantara el cuello hacia un lado, para poner su collar al alcance del extra largo destornillador improvisado. La tira de metal con el lazo en el extremo servía para sostener la parte más cercana a Paige, por lo que Bakuda podía dirigirla más fácilmente.
No fue un trabajo rápido. Bakuda tuvo que usar los dientes, la mandíbula y un giro de su cabeza para girar el destornillador, y era una tarea ardua recuperarlo si perdía el control sobre él. Diez largos minutos de silencio y gruñidos solo fueron interrumpidos por el sonido de dos tornillos cayendo al banco de metal, antes de que Bakuda se detuviera a descansar y aliviar su mandíbula.
“No podrás hacerla nada a mi collar sin activarlo”, dijo Paige.
“Perra tonta”, murmuró Bakuda, sacando su labio inferior y mirando hacia abajo como si pudiera investigar el grado de daño en sus propios labios. “Soy una experta en bombas. Entiendo detonadores y catalizadores en el mismo nivel fundamental que entiendes caminar y respirar. Puedo visualizar cosas mecánicas de una manera que no podrías con cinco títulos universitarios y cien años. Insúltame así de nuevo y estás muerta.”
Como empujada a probarse a sí misma, agarró el destornillador con los dientes otra vez y se puso a trabajar de nuevo. Arrancó un panel y se reanudó el desenroscado, más profundo en el collar.
Paige dudó en volver a hablar, sabiendo lo fácil que era provocar a la chica, pero el silencio era aplastante. “Supongo que tenemos suerte de que sea un viaje largo, desde Boston a Columbia Británica.”
“Estuviste dormida un tiempo,” Bakuda se apartó del destornillador, hablando en voz baja, como para sí misma. “No tenemos tanto como piensas.”
Paige sintió que algo se liberaba del pesado collar que llevaba al cuello, vio que Bakuda inclinaba el destornillador hacia arriba y deslizaba un tubo de vidrio con algo brillante dentro de la barra de metal. Luego de unos minutos, otra pieza de maquinaria se unió al tubo de vidrio, como si fuera un pincho de alta tecnología.
“Trágico”, habló Bakuda, en su próximo descanso. “Este es un trabajo hermoso. No el ensamblado, eso es una mierda. Es obvio que el Artesano que diseñó esto tenía la intención de que fuera armado por tarados. No tendría tornillos y esas mierdas de lo contrario. Pero la forma en que está diseñado, la forma en que todo encaja... hace que una científica se sienta orgullosa. Odio despedazarlo.”
Paige asintió. Ella no sabía lo suficiente sobre ese tipo de cosas para arriesgarse a comentar. Por aterradora como era esta situación, por curiosa que fuera, sentía el efecto persistente del tranquilizante en su sistema, un aburrimiento abrumador.
Ella cerró los ojos.
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2018.03.17 16:48 master_x_2k Caparazón VI

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_________________________Caparazón VI_________________________

No fuimos los únicos que discutían estrategia. Mientras volvía toda mi atención a la pareja, vi a Über y Leet murmurando entre ellos.
Cuando se dieron cuenta de que los estaba mirando, dejaron de hablar. Über limpió de nuevo la sangre bajo su nariz y dio un paso adelante. “Basta de charla”.
Ojalá hubiera más bichos en el área. La instalación de almacenamiento daba una selección decepcionante. Los bichos tenían que vivir de algo, y había poco por aquí excepto pavimento, concreto y ladrillo. Eso me dejó solo cucarachas y polillas que habían vivido del contenido de los depósitos a los que podían acceder, y arañas que moraban en los rincones oscuros. Por muy patéticos que fueran los dos, no estaba feliz de enfrentarme a dos supervillanos con tan poco a mi disposición.
No tuve oportunidad de pensar mucho en eso, porque Über cargó hacia nosotros. Me apresuré a apartarme de su camino. El poder de Über lo hacía talentoso. No importaba si era tocando la armónica, el parkour o el muay thai, podía llevarlo a cabo como si hubiera estado trabajando en él durante horas durante la mayor parte de su vida. Si realmente se concentrara en algo, según lo entendía, podía ser de primera clase.
En resumen, no había una maldita forma en que lo dejaría acercarse a mí.
Grue tenía la perspectiva opuesta. Dio un paso adelante y luego desapareció mientras la oscuridad se hinchaba a su alrededor. Un segundo después, Über salió tambaleándose de un lado de la nube, aterrizó en su parte trasera y luego realizó una maniobra de patada giratoria muy vistosa para ponerse de pie otra vez. La yuxtaposición de torpeza y técnica era francamente extraña.
Mis insectos se estaban reuniendo cerca ahora, pero muy pocos de ellos eran útiles. En algún lugar en la periferia de mi conciencia, me había conectado a un nido de avispas incipiente que colgaba de un armario de almacenamiento cerca del patio de maniobras. Eran más útiles, pero sacarlos del nido y llevarlos a mi ubicación tomaría un minuto. Traje el resto de los bichos a un pequeño enjambre cercano, dejando crecer al grupo hasta que tuviera un uso para ellos. Tanto Kid Win como Lung habían borrado mi enjambre cuando los había atacado, y no podía arriesgarme a ser más o menos impotente si Leet realizaba un truco similar.
Leet intervino mientras Über daba vueltas a nuestro alrededor. Alcanzando detrás de su espalda, Leet tomó lo que parecía una bomba de la vieja escuela; forma redonda de hierro negro con un fusible iluminado que sobresale. Sin embargo, la forma en que rebotaba la luz la hacía verse mal. Como si fuera una foto de una bomba en lugar de una real.
Regent agitó su mano, y la bomba se le escapó del agarre a Leet, rodando unos pocos pies. La boca de Leet se abrió en una gran ‘o’, y él salió disparado. Über no estaba muy atrás.
Mientras se unía al resto de nosotros para correr a cubierto, Regent se dio media vuelta para sacar una mano. Über tropezó y cayó a solo diez pies del explosivo armado.
El radio de explosión fue, afortunadamente, pequeño. La onda de choque que se extendió a través de nosotros ni siquiera me hizo perder pie. Sin embargo, Über salió volando.
Leet vio a su amigo rodar con el impacto, tratar de ponerse en pie y caer de nuevo. Se volvió hacia nosotros con su cara grabada en duras líneas de ira.
“Me sigo preguntando cuándo van a rendirse,” sonrió Tattletale, “Quiero decir, fallas más a menudo de lo que triunfas, ganas más efectivo de tu web show que de crímenes reales, has sido arrestado no menos de tres veces Probablemente termines en la Pajarera[1] la próxima vez que lo arruines, ¿no?”
“Nuestra misión vale la pena,” Leet levantó la barbilla -en la medida en que la tenía- un poco.
“Correcto,” dijo Tattletale, “difundiendo la palabra sobre la noble y subestimada forma de arte que son los videojuegos. Eso es de su sitio web, palabra por palabra. La gente no ve tu programa porque creen que eres justo. Miran porque eres tan patético, que es divertido.”
Leet dio un paso adelante, con los puños apretados, pero Über gritó: “Te está provocando”.
“Demonios, claro que lo hago. Y puedo hacerlo porque no te tengo miedo. No tengo ningún poder que sea útil en una pelea, y ustedes no me intimidan en lo más mínimo. Un tipo que es bueno en todo pero que todavía se las arregla para joderla la mitad del tiempo, y un Artesano[2] que solo puede hacer cosas que se rompen cómicamente.”
“Puedo hacer cualquier cosa”, alardeó Leet.
“Una vez. Puedes hacer cualquier cosa una vez. Pero cuanto más cerca este lo que inventes algo que ya hayas hecho antes, más probabilidades hay de que te explote en la cara o salga el tiro por la culata. Realmente impresionante.”
“Podría demostrar”, amenazó Leet, pasándose el pulgar por encima del hombro.
“Por favor no. Escuché que la ceniza carbonizada de friki es un infierno para sacarla de un disfraz.”
“Dices friki como si fuera algo malo”, dijo Über, en su característico tono sobredramático, “Es una insignia de honor”.
“Entre frikis, seguro”, respondió Regent, “Pero hay payasos por ahí que consideran que ser un payaso es una vocación noble, mientras que el resto de nosotros solo nos reímos de ellos. ¿Me entiendes?”
“Basta”, gruñó Leet, “es obvio que estás tratando de fastidiarnos -”
“Acabo de admitirlo. Eso no es obvio. Eso es un hecho,” señaló Lisa.
“¡No seremos cebados!” Leet alzó la voz, “creo que es hora de nuestra gran revelación, nuestro invitado … “
Fue interrumpido cuando Grue lo golpeó en la cara con una nube de oscuridad. Leet salió de la nube, farfullando.
“Se están riendo de ti, Leet”, le gritó Tattletale, “Estás tratando de ser dramático, todo intenso para tus espectadores, y simplemente están sentados frente a sus computadoras, resoplando sobre cuánto apestas. Incluso Über se está riendo de ti a tus espaldas.”
“¡Cállate!” Leet escupió las palabras, mirando por encima del hombro a su compañero de equipo, “Confío en Über”.
“¿Por qué estás siquiera con este tipo, Über?” Regent preguntó: “Quiero decir, eres un poco patético, pero al menos podrías lograr algo si no estuviera él arruinando la mitad de tu trabajo”.
“Es mi amigo”, respondió Über, como si fuera la cosa más simple del mundo.
“Entonces no niegues que te está frenando”, señaló Lisa.
“¡Cállate!” Rugió Leet. Excepto que él no tenía una voz muy profunda, por lo que probablemente estaba más cerca de un chillido. Sacó otra bomba y nos la arrojó antes de que Regent pudiera hacerle perder el control. Nos dispersamos, con Regent, Tattletale y yo huyendo mientras Grue se cubría a sí mismo y a Über en la oscuridad.
Mientras luchaba por cubrirme, dirigí mis bichos para atacar a Leet. Había hecho algo diferente esta vez, porque la bomba no tardo ni la mitad del tiempo que la primera bomba antes de que estallara. Me atrapó desprevenida y, como resultado, no tuve oportunidad de arrojarme al suelo. La explosión me dio por completo en la espalda.
El aire y el fuego que me rodeaban no estaban calientes. Eso fue lo más sorprendente. Eso no quiere decir que no duela, pero se sintió más como ser golpeada por una mano realmente grande de lo que hubiera pensado que sería una explosión. Podía recordar las explosiones de fuego de Lung, Kid Win destrozando la pared con su cañón. Esto se sintió… falso.
“¿Las bombas son falsas?”, Pregunté en voz alta, mientras me levantaba del suelo. Me dolió, pero no me quemó.
“Son hologramas sólidos”, dijo Tattletale, “en realidad son bastante cool, si ignoras cuán ineficaces son. Supongo que no podría hacer verdaderas bombas sin fregarla.”
Leet gruñó, aunque era difícil decir si habían sido las palabras de Tattletale o las polillas, las avispas y las cucarachas las que se habían posado en él. Como sospechaba, no estaban haciendo demasiado. Incluso arrastrándose por la nariz y la boca, realmente no lo desaceleraron. Tal vez había un inconveniente en ponerlo furioso, como Tattletale y Regent estaban decididos a hacer.
Sacó dos bombas más y Regent fue más rápido esta vez, estiro rápido sus manos. Leet se recuperó antes de soltar las bombas y movió los brazos para tirarlas. Regent estaba listo, sin embargo, y una de las piernas de Leet se sacudió debajo de él. Cayó al suelo, las bombas rodando a pocos metros de él antes de detonar.
Se estrelló contra una puerta lo suficientemente fuerte que pensé que podría haber logrado matarse a sí mismo. Antes de que pudiera acercarme y controlar su pulso, sin embargo, comenzó a luchar para ponerse de pie.
“Qué bueno es que hiciste esas cosas no letales”, murmuré, medio para mí, “Te salió una de cuatro”.
Mirándonos, él se estiro a tomar algo de su espalda y sacó una espada.
“¿La espada de Link?” Regent se burló de él, “Eso ni siquiera es del juego correcto. Estás rompiendo el tema.”
“Creo que hablo por todos cuando digo que acabamos de perder el poco respeto que teníamos por ti”, bromeó Tattletale.
Leet se abalanzó sobre ellos dos. No dio tres pasos antes de que Regent lo hiciera tropezar y caer sobre manos y rodillas. La espada se le escapó de las manos y se deslizó por la acera antes de desaparecer.
Estaba a solo unos metros de mí, demasiado concentrado en Tattletale y Regent para prestarme suficiente atención. Alcancé detrás de mi espalda, retiré mi bastón y lo estiré por completo. Cuando comenzó a ponerse de pie, y alcanzó detrás de su espalda por lo que me di cuenta que era una mochila delgada y dura, golpeé su mano con la longitud del metal. Lanzó un grito y se llevó la mano al pecho para acunarla. Le di un golpe en la pantorrilla, justo debajo de la rodilla, un poco más fuerte de lo que pretendía. Él se desplomó.
Caminé a su alrededor, agarré el extremo del bastón con la otra mano y tiré del metal duro contra su garganta.
Leet comenzó a forzar ruidos sofocantes. Me tomó desprevenida al retroceder, lanzándonos a los dos de espaldas, él encima de mí. Hice una mueca cuando el impacto puso su peso sobre el área magullada de mi pecho donde Glory Girl me había arrojado a Tattletale. Sin embargo, no perdí mi control. Ignorando las ciento treinta libras[3] encima de mí, me alegré por la mejor palanca que me permitía el suelo.
“¿Estás bien?”, Me preguntó Grue con su voz resonante. Dio un paso hacia delante, por lo que estaba parado sobre mí.
“Perfecto,” respondí, resoplando con el esfuerzo.
“No lo presiones contra su tráquea. Te cansarás lo suficiente como para que pierdas el control antes de que se desmaye. Aquí,” se inclinó y obligó a Leet a inclinar la cabeza hacia un lado, moviendo el bastón para que presionara contra el costado del cuello de Leet, “Ahora estás tirando contra la arteria, obstruyendo el flujo de sangre a su cerebro. Dos veces más rápido. Si pudieras ejercer presión sobre ambas arterias, estaría fuera en treinta segundos.”
“Gracias”, resoplé, “por la lección”.
“Buena niña. Über está fuera de juego, pero voy a ayudar a los demás a asegurarme de que no nos va a dar más problemas. Estamos a solo unos pasos de distancia, así que grita si necesitas una mano.”
No fue rápido, incluso con la técnica que Grue había instruido. Tampoco era bonito. Leet emitió muchos pequeños sonidos desagradables, buscando torpemente su mochila. Sin embargo, apreté mi cuerpo contra él, y él se dio por vencido. En cambio, trató de presionar contra la barra, para aliviar la presión. Cuando eso no funcionó, comenzó a rascar inútilmente sobre mi máscara.
Lo solté cuando finalmente se desplomó. Me liberé de debajo de él, ajusté mi máscara, desenvainé mi cuchillo y le corté la mochila de alta tecnología. Cuando lo hice, la revisé. Si vamos a interrogarlo, no sería bueno que él buscara algún pequeño objeto para liberarse o incapacitarnos. Su traje era ceñido, por lo que era bastante fácil verificar que no había bolsillos o dispositivos escondidos en él. Solo para estar segura, corté la antena de su cabeza y le quité el cinturón.
Los demás regresaron con un Über maltratado e inconsciente en sus brazos, con los brazos atados a la espalda con muñequeras de plástico. Lo dejaron junto a Leet.
“Ahora para descubrir dónde escondieron a Bitch y el efectivo”, dijo Tattletale. Ella me miró, “¿Tiene sales aromáticas?”
Negué con la cabeza, “No. Estos tipos tienen secuaces, ¿no? Probablemente los tengan vigilando el dinero. Probablemente encontremos a Bitch en el mismo lugar.”
“Casi, pero no”, me respondió un silbido mecánico.
Dimos la vuelta para ver a una mujer en el mismo conjunto que Über y Leet llevaban puesto. La diferencia era que ella llevaba un accesorio de máscara de gas sobre su cara inferior, y las lentes de sus gafas eran rojas, no negras.
La máscara de la mujer pareció tomar lo que ella dijo y reproducir todo en un silbido robótico y monótono: “Realmente esperaba que sacaran a uno o dos de ustedes del juego, o al menos lastimaran a alguien. Que decepcionante. Ni siquiera llegaron a presentar a su estrella invitada esta noche.”
“Bakuda? “ Tattletale fue la primera en ponerle un nombre a la cara, “Carajo, el juego del que eran sus trajes… ¿Bomberman?”
Bakuda
[4] se puso de pie y se inclinó con un movimiento suave. Regent levantó las manos, pero ella se dejó caer de rodillas, agarrándose al borde del techo con una mano para evitar resbalarse.
“Noh oh oh,” ella movió un dedo hacia él, “soy lo suficientemente inteligente como para aprender de los errores de los demás”.
“¿Dejaste en serio al ABB para unirte a Über y Leet?”, Preguntó Regent, asombrado.
“No exactamente”, dijo Bakuda. Ella chasqueó los dedos de la mano que no estaba usando para sostenerse del techo.
Debajo de ella, la puerta del depósito de almacenamiento se abrió. Tres hombres en colores del ABB salieron, cada uno con un arma. Una pistola, un bate de béisbol, un hacha de incendios.
Luego se abrieron otras puertas, todas en el pasillo de los depósitos de almacenamiento. Treinta o cuarenta puertas, cada una con al menos una persona detrás de ellas. Algunos con tres o cuatro. Todos ellos armados.
“Esos dos eran empleados baratos. Solo querían unos cientos de dólares y tenía que usar este disfraz. Supongo que obtienes lo que pagas.”
“No hace falta decir que todavía estoy con el ABB”, declaró Bakuda lo obvio para nosotros. “A cargo, de hecho. Creo que es apropiado que yo conmemore mi nuevo puesto al tratar con las personas que derrocaron a mi predecesor, ¿no estás de acuerdo?”
Ella no esperaba una respuesta, ni esperó una. Ella nos señaló y gritó: “¡Atrápenlos!”
[1] Birdcage lit. La Jaula de Pájaros o Pajarera
[2] Tinker puede ser interpretado como artesano, reparador, retocador. Alguien que altera, modifica y repara cosas, o más comúnmente en Worm, alguien que crea cosas.
[3] 130 libras = 59 kilos
[4] Bakuda (leída con acento en Bá) es una deformación de 爆弾 o ‘bakudan’, “bomba” en japonés

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2017.08.15 07:49 Subversivos .........Y mato porque me toca.

El relato del crimen que transportó a este país hacia las regiones mentales más frías de los asesinos anglosajones en serie comienza cuatro años antes del 30 de abril de 1994, noche en la que un estudiante de tercero de Químicas, de 22 años, y otro de tercero de B.U.P., de 17, eliminan a un hombre con 20 puñaladas porque lo exigía el guion del juego que ellos mismos inventaron.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS ... Y mato porque me toca Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
Cuatro años antes de aquella madrugada, en un campo de fútbol del barrio madrileño de Chamartín, Félix Martínez, un niño de oc­tavo de E.G.B., se embelesa con los gritos desde la grada de un chaval cinco años mayor, ojos azules detrás de gafas gruesas, metro noventa sobre el nivel del suelo, moreno y desgarbado en el andar. Félix se le acerca creyendo que declama nombres de personajes del juego del rol, el invento que surgió a finales de los sesenta en Estados Uni­dos y conquistó en forma de negocio las papelerías españolas en la década de los noventa. Varias fichas, un tablero, una historia inven­tada y unos roles, interpretaciones o arquetipos que se adjudica a ca­da participante. Inteligencia, fantasía y tiempo libre para probarlas. Ordena y manda la figura del rol master.
A Félix no le gustaba ningún deporte, ni siquiera le apasionaba el cine, ni las chicas –su primera relación amorosa la tendría dos años después–, ni las motos, ni la ropa, ni los estudios. Tan sólo leer, a ser posible historias paranormales, escribir poemas y jugar al rol.
Félix se iba a llevar una sorpresa. Allí tenía un posible compañe­ro de Rol gritando aparentemente nombres de personajes. ¿A qué es­peraba para conocerlo? El chico de E.G.B. aborda por fin al miope de ojos azules y le pregunta si también sabe jugar al rol. Dos trage­dias se dieron la mano.
MÁS INFORMACIÓN ... Y mato porque me toca Todo lo publicado en El País sobre el caso 2008: Javier Rosado, el asesino del rol obtiene el tercer grádo 1999: Félix Martínez se rehabilita en un piso de estudiantes La de Félix, fácil de resumir: nunca tuvo hermanos, su padre ge­nético murió drogadicto y enfermo de sida cuando el niño cumplía un año, la madre mexicana, también drogadicta, conoció a su padre adoptivo cuando el chaval cursaba segundo de E.G.B. y se separaría cuatro años más tarde. Félix conocería entonces el cariño incondi­cional del nuevo padre y el desbarajuste colegial de todos los maes­tros por los que iba pasando, ya fueran de Madrid, Ibiza o La Rio­ja, según adjudicaran su estancia al lado de la madre o del padre. «Nunca hubo paz, eso no era una familia», confesaría el chico. La madre muere también de sida dos años antes del crimen y dos años después del encuentro con Javier en el campo de fútbol.
Félix, un carácter inseguro, nunca líder ni siquiera de sí mismo, lector empedernido, conoce en aquel campo a otro lector más empe­dernido, un fulano con una seguridad en sí mismo extraordinaria, alguien con frases del tipo «las mejores drogas están en la cabeza de uno», solitario, bien educado, taciturno y didáctico: Javier Rosado Calvo, vecino de Félix en una calle de Chamartín donde los pisos de cien metros cuadrados cuestan hasta 30 millones de pesetas de los años noventa. El del padre adoptivo de Félix, empleado en una empresa de máquinas tra­gaperras, era tan sólo alquilado.
Javier gritaba en las gradas varios nombres pero, para sorpresa del chiquillo, aquel tipo encorvado no sabía jugar al Rol. El chasco duró sólo un segundo, porque las palabras del otro llevaban un significado aún más atractivo y profundo que el del simple juego: eran nombres, pasajes, del gran novelista de literatura fantástica H. P. Lovecraft, el genio de principios de siglo cuyos relatos de tumbas, castillos temblorosos, sueños, monstruos y nieblas llegan cargados de frases tipo: «Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles senti­dos físicos [...]». H. P. Lovecraft, la pasión confesa de Javier.
«Desde que conocí a Javier y me metió en su mundo», reconoció Félix en sus exploraciones psiquiátricas y psicológicas a raíz del cri­men, «todo cambió para mí, encontré otro tipo de pensamientos le­jos de los vulgares de cada día, cambió mi interior, me entregué a es­te tipo de filosofía que era apasionante, aún me sigue pareciendo apasionante, Javier se convirtió para mí en un ser extraordinario muy superior al hermano mayor que nunca tuve, me dejé arrastrar por él [...]. Al cabo de un tiempo llegué a hablar como él y a hacer gestos como él. Él hablaba mucho mejor que yo, mis ideas me las re­batía con facilidad [...]. Todo el mundo era estúpido para él, pero yo creo que yo para él no era estúpido».
Y Javier, la otra cara de la tragedia, encontró en Félix el público de banderita y trompeta que necesitaba su egolatría, el hermano pe­queño que tampoco tuvo, porque su único hermano, un año mayor, más fuerte, vencedor en las disputas físicas, apenas se trataba con Javier. Félix sería el discípulo predilecto de una filosofía alimentada con cuatro obras de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe o Stephen King mal mezcladas y otras tantas decenas seudoliterarias, peor di­geridas.
Durante una convalecencia por lesión en una pierna, Félix le lle­va un juego del rol y Javier aprende a jugar. Al poco tiempo el en­fermo crea Razas, un juego basado en el rol. La humanidad se di­vide en 39 razas o arquetipos que él ha inventariado basándose en personajes y nombres novelescos prestados por Lovecraft. Las razas, diría Javier, son ideas humanas llevadas al extremo. La raza 37 corresponde a los psicólogos, la 25 a las mujeres, la 22 al hombre, la 1 al bien y la 7 al mal. Cuando los psiquiatras le preguntan si jugaba al Rol, hay veces en que Javier llega a enojarse y dice que su juego era mucho más importante que el rol; era Su Obra, una «filosofía total» a la que había dedicado más de mil páginas y de la que espe­raba escribir un libro.
Hasta la noche del crimen, Javier pasa por un tipo normal, sin traumas perceptibles ni siquiera por su familia. Su padre, ingeniero industrial, solía jugar al ajedrez con él, su madre, enfermera, le sa­naba las heridas, y su hermano, compañero repetidor en tercero de Químicas, aseguraba que a Javier le bastaba con asistir a clase para aprobar.
Javier no era un joven de inteligencia superdotada, en eso coinci­den profesores y psiquiatras, pero disponía de la justa para creerse con mucha, para ganar un concurso de ajedrez en la cárcel y no disimular el orgullo o para impresionar a cuatro chavales del barrio menores que él. En los dos primeros cursos de Químicas consiguió seis aprobados, dos notables y un sobresaliente. Un expediente bueno, sin más.
Personalidad, conocimientos y edad suficiente, en cualquier caso, para erigirse en Master, líder de la banda del rol, que entre bromas y veras planeó matar la madrugada del 30 de abril a la primera víctima de lo que iba a ser una serie de crímenes. Los otros dos chava­les, Javier Hugo E. S. y Jacobo P., de 17 y 18 años respectivamente, fueron encausados por conspiración para el asesinato. A Jacobo le preguntó la policía por las normas de Razas y contestó que no había normas concretas como en el fútbol: «Se trata de sobrevivir en un mundo imaginario». Unas veces había que impedir la llegada a puerto de un barco, otras, era preciso destruir una ciudad y en al­gunas ocasiones se trataba de asesinar a alguna mujer que traicionó a su raza. Todo sobre la mesa.
Jacobo declaró que cuando Javier y Félix le llevaron al descampado donde habían eliminado a un hombre y se lo confesaron, él lo tomó como una fantasmada. Javier y Félix se vanagloriaban de aquello y lo equipararon al crimen de las setenta puñaladas, perpe­trado cerca de su barrio.
Empieza el juego
Un mes antes de la noche del 30 de abril, El País publicaba el hallazgo del cadáver de un hombre con unas setenta puñaladas y los ojos sacados. La noticia no causó otro efecto en los presuntos asesi­nos que el de animarles. A partir de ahora el tablero iba a adquirir la forma de toda la ciudad, con sus cuestas, sus descampados tene­brosos, sus personajes hundiéndose en la noche; las fichas serían pu­ñales y para moverlas vendría mejor usar guantes de látex que Ja­vier tomaría de sus clases de prácticas en la facultad; las reglas, sin límite.
Félix contó a los psiquiatras: "Yo creo que todo empezó a pla­nearlo [Javier] con decisión a raíz de un libro concreto de Lovecraft: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, y en especial el capí­tulo "A través de la llave de plata", pasaje en el que un hombre se cansó del mundo y empezó a dedicarse a sus sueños hasta que al fi­nal estos sueños invadieron su propia realidad».
Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. La realidad invadida puede ser la de un hombre casado como Carlos Moreno, con tres hijos y amigo de una viuda también con tres hijos, con la que había pasado la noche. Carlos visitaba desde hacía cinco años la casa de su amiga Modesta L., de 51 años, desde las diez hasta la una de la madrugada. Nunca pensó en separarse, ni Mo­desta se lo pidió, ni su mujer ni sus hijos, conscientes de la relación, lo obligaron. Los viernes Carlos salía más tarde de aquella casa y aquel viernes de abril salió a las tres. Si cobraba su nómina de 60.000 pesetas, montaba en taxi hasta la otra punta de la ciudad. Y si no, el búho, que es como se conoce en Madrid a la línea de autobuses nocturnos. La noche del crimen Carlos llevaba las 60.000 pe­setas en el bolsillo, pero optó por el autobús. Y en la parada encon­tró a los admiradores de Lovecraft dispuestos a soñar sus pesadillas.
El crimen perfecto exigía, según Henry, el psicópata de la pelícu­la Retrato de un asesino, un desconocimiento total de la víctima, ningún móvil, nada. Ya lo habían avanzado la novelista Patricia Highsmith y el director Alfred Hitchcock en Extraños en un tren: si un desconocido mata a mi esposa y yo a su madre, nadie ha de sos­pechar nada; en principio.
Así que ahí llegan los dos, Javier y Félix, en busca de una vícti­ma a la que nunca han visto. El escenario no podía ser más propi­cio. Un descampado de risco y pastizal, una casa desvencijada en medio de un llano, de esas que parecen existir sólo en días de vien­to, una luna de miedo y una parada de autobús, como un oasis sin nadie.
Para acercarse a los hechos valga el diario de Javier Rosado, un texto sin precedentes en la historia criminal de España:
«Salimos a la 1.30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparán­donos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión.»
«Yo memoricé el nombre de varias calles por si teníamos que sa­lir corriendo y en la huida teníamos que separarnos. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él [por Félix] le debilita­ba con el cuchillo de grandes dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible pero sí saludable), a un viejo o a un niño. Llegamos al parque en que se debía cometer el crimen, no había absolutamente nadie. Sólo pasaron tres chicos, me pareció de­masiado peligroso empezar por ellos [...]. En la parada de autobús vimos a un hombre sentado. Era una víctima casi perfecta. Tenía ca­ra de idiota, apariencia feliz y unas orejas tapadas por un walkman.»
«Pero era un tío. Nos sentamos junto a él. Aquí la historia se tornó ca­si irreal. El tío comenzó a hablar con nosotros alegremente. Nos con­tó su vida. Nosotros le respondimos con paridas de andar por casa. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a ma­tarle.»
Félix no supo explicar después por qué Javier le perdonó la vida. Y el otro nunca lo contó.
«Llegó un búho y el tío se fue en él [...].»
«Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!).»
«Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres [...]. Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada.»
« [...] La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridícu­los. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpeada, y una papeleta imaginaria que decía: "Quiero morir". Si hubiese sido a la 1.30 no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida!»
«Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. Mi compañero le mira­ba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je).»
Félix alegó dos meses después ante la policía que se encontraba algo bebido y que le daba miedo desobedecer a su amigo.
«Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las ma­nos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello.»
«Me agaché para cachearle en una pésima actuación de chorizo vulgar. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado. Nos llamó hi­jos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puñaladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir "no, no" una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. Oí el desgarro de uno de mis guantes. Seguimos forcejeando y rodamos. "Tíralo al terraplén, hacia el parque, detrás de la parada de auto­bús. Allí podríamos matarle a gusto", dijo mi compañero. Al oír es­to, la presa se debatió con mucha más fuerza. Yo caí por el terraplén, quedé medio atontado por el golpe, pero mi compañero ya había ba­jado al terraplén y le seguía dando puñaladas. Le cogí por detrás pa­ra inmovilizarle y así mi compañero podía darle más puñaladas. Así lo hice. La presa redobló sus esfuerzos. Chilló un poquito más: "Jo­putas, no, no, no me matéis".»
«Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se de­bilitaba, lo que me cabreaba bastante [...]. Mi compañero ya se ha­bía cansado de apuñalarle al azar [...].»
«Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser. Cuando los cenobitas de la pelí­cula deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca. Gloriosa idea para ellos, pero qué pena, porque me mordió el pulgar. Cuando me mordió (tengo la cicatriz) le metí el dedo en el ojo [...].»
«Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me impor­tó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota [...].»
Carlos Moreno Fernández fue un idiota que trabajó desde los ocho años como aprendiz de relojero, un obrero que con el oficio más que aprendido se quedó en paro desde hacía nueve años y padeció de nervios hasta que su esposa lo colocó en la empresa de limpieza El Impecable Ibérico, probablemente un nombre estúpido también; Carlos Moreno Fernández fue un idiota que no consintió jamás la entrada de un fontanero, un albañil o un electricista en casa porque él solo se bastaba para arreglarlo todo, un hombre idiota que a fuer­za de trabajo había conseguido dinero para educar a sus tres hijos, que sabía cocinar y le encantaba cuidar flores, un hombre que huía de los televisivos «Quién sabe dónde», «Su media naranja» y «Códi­go Uno», porque le parecían «programas para marujas». Un hom­bre. Con sus aspiraciones a corto y largo plazo, sus pequeños y gran­des recuerdos, reducidos a un charco y un bulto entre las piedras.
«Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen y me dije: “Cómo me paso” [...].»
«A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano [...]»
«No salió información en los noticiarios, pero sí en la prensa, El País, concretamente. Decía que le habían dado seis puñaladas entre el cuello y el estómago (je, je, je). Decía también que era el segundo cadáver que se encontraba en la zona y que [el otro] tenía 70 puña­ladas (¡qué bestia es la gente!) [...]»
«¡Pobre hombre!, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que buscábamos adolescentes y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. Calculo que hay un 30% de posibilida­des de que la policía me atrape. Si no es así, la próxima vez le toca­rá a una chica y lo haremos mucho mejor.»
Como no había nada que lamentar, sino todo lo contrario, la ha­zaña corrió de boca en boca entre la banda del rol. Así hasta que se enteró un amigo de ellos que se lo contó en confesión a un cura, des­pués al padre, y el padre lo puso en conocimiento de la policía.
Batallones de periodistas y psiquiatras comenzaron sus investiga­ciones. Nunca hasta este entonces se había dado en España un caso semejante.
Pascual Duarte, el genuino personaje de Camilo José Cela, co­menzó sus fecharías porque pensó que la perra le miraba mal. De un tiro la mató.
El ejecutivo rico, vacío y psicópata que protagoniza la novela del estadounidense Bret Easton Ellis narra con algunos años de antela­ción a Javier y con parecida frialdad su asesinato del mendigo: «Luego le corto el globo ocular... y él empieza a gritar cuando le cor­to la nariz en dos, lo que hace que la sangre me salpique un poco». El ejecutivo producto de la ficción contaba con el móvil filosófico de que los perdedores no cuentan en esta vida. El existencialista de El extranjero que inmortalizó Albert Camus en 1942 mató porque le atormentaba el calor, el resplandor insoportable del mar. A Javier y a Félix sólo les movió el juego.
Siete meses después del crimen, Félix Martínez, el compañero del autor del diario, declaró al psiquiatra José Cabreira, del Instituto Na­cional de Toxicología: «Después de leer todos los artículos de prensa que han hablado de nosotros, todo me parece basura periodística exagerada para distraer a la opinión pública de otras cosas más im­portantes. En particular se ha exagerado con el diario de Javier, en el que yo sé que lo que escribió estaba muy exagerado y fantaseado, es­cribió lo que él cree que pasó y en él es donde me inculpa. Además lo escribió muy deprisa, en dos o tres días, enseñándoselo luego a ami­gos comunes».
Javier también culpa a la prensa de su situación. Ninguno de los dos amigos ha hablado con rencor del otro. «Le llegué a idealizar», confesó Félix, «ése fue mi error y otro error, dejarme llevar demasiado». Para después añadir sin reparos: «Me dejé engañar, era cons­ciente de que me dejaba llevar, pero siempre aprendía algo».
Un monstruo
Félix sigue teniendo la impresión de que su amigo era un su­perdotado: «Javier es casi un inútil, alérgico, miope, con diarreas... Tiene de todo, incluso un estómago que es un caso único... Sin embargo en la parte mental es un monstruo... ».
Con un monstruo así era imposible que la policía los descubriese.
La banda confiaba en el Master, aunque no sabían que habían deja­do intactas las 60.000 pesetas en la chaqueta del idiota, con lo cual, la policía empezó a descartar el móvil del robo.
Nada más asesinarlo, Javier dedicó una ficha a Carlos con el nombre de Benito, el mismo que un profesor de Químicas. Lo dibu­jó con su bigote, con la bolsa donde guardaba su mono de trabajo, y puntuó sus cualidades: Fuerza 8, Poder 6, Carisma 4, Inteligencia 6, Tamaño 15, Voluntad 16.
Había que proseguir rellenando fichas, más cadáveres sobre la tumba del tablero, homicidios en serie, con la perseverancia de Jack el Destripador o sus secuaces anglosajones. Cuando fueron detenidos se disponían a salir de nuevo de cacería con los guantes de látex. Pe­ro a sus espaldas olvidaron una cosecha de pruebas. Restos de guan­tes en la cara del idiota, el reloj de Félix perdido en la pelea, el diario, el famoso diario en casa. Cuando la policía detuvo a Javier aún lleva­ba el dedo vendado que aseguró en el diario haberse herido al meter­lo en la boca del idiota. Se encaminaba a la casa de Félix, a veinte me­tros de la suya, con un paquete de guantes en la mano. Félix se derrotó enseguida, lo que en lenguaje policial significa ni más ni me­nos que reconoció todo. Entre sollozos declaró que el plan consistía en matar esa noche tórrida del 5 de junio a una chica y para eso los guantes. Pero Javier no se arredró ni por los agentes de la brigada de la Policía Judicial de Madrid, ni por las pruebas que le colocaban de­lante de su considerable nariz, ni por la lectura en vivo del diario.
–¡Dios mío, no puedo creer que yo haya hecho eso! Tengo la du­da de que sea verdad o ficticio.
–Si a las cuatro de la mañana –le preguntaba el policía– no esta­bas dando 20 puñaladas a un hombre, ¿qué hacías?
–Creo que estaba jugando al ordenador, no recuerdo bien. Después de los agentes llegó el batallón de psiquiatras a la cárcel.
Cada uno con sus entrevistas, con parecidas preguntas y distintas conclusiones. Si estaban locos, ningún crimen podría imputárseles; y si no, la condena sería por homicidio. Psicóticos o psicópatas, ése era el dilema.
Los psicóticos no son responsables de sus actos, los psicópatas, sí.
Los primeros se libran de cualquier condena, los segundos no. En el psicótico no existe conciencia del yo, en el otro, sí.
Los padres de Javier Rosado contrataron los servicios del profe­sor de Psiquiatría Forense de la Universidad Complutense de Ma­drid José Antonio García Andrade. El doctor se quedó extrañado de que su cliente declarase un cariño enorme por su padre, al tiempo que desconocía su edad y profesión. De la madre decía que trabaja­ba de ATS porque de vez en cuando le sanaba alguna herida.
Le confesó a García Andrade que de entre las razas, la que más le ha influido, la que más se asemeja a su persona es Cal, a quien de­finió como «un niño frágil, a veces una mujer rubia, que emana tal sufrimiento que es difícil acercarse a ella, aunque es peor cuando sonríe o tiene la cara machacada». Y aseguró: «Sin Cal yo no sería lo que soy. Con él aprendí a aprender. Lo conocí en 1988; Cal es do­lor; el bendito sufrimiento; ama los cuchillos, los objetos punzantes o cualquier cosa que pueda producir dolor, aunque lo que más le fas­cina es el dolor del alma».
De Cal aprendió Javier su simple teoría sobre la vida: «Aprender a usar el dolor es disfrutado como el placer. El dolor de los puntos de sutura que me dieron en la rodilla cuando tuve un accidente es mayor que el orgasmo con una mujer. El dolor es mejor que el pla­cer y más barato. La gente confunde al cenobita con el masoquista, pero no son lo mismo; éste disfruta siendo humillado y al someter­se, pero el cenobita disfruta al sufrir, porque con el dolor saca conocimiento. Cal dice que cometió el crimen del que se me acusa. Lo ha­ce para dañarme, para enseñarme, para causarme pena, desespera­ción, pero Cal no mata, sólo tortura».
¿Loco o actor? El 8 de octubre de 1994 le reveló a García Andra­de que el primer golpe a la víctima fue con un cuchillo pequeño de conchas naranjas. Le dio en el mentón y en la cara anterior del cue­llo y señaló el movimiento de su víctima bajando la cabeza hacia el tórax. García Andrade le hizo ver que este dato no venía en los pe­riódicos. Javier sintió miedo por primera vez, al menos, eso es lo que el forense contratado por su familia reseñó. «Estoy al borde de la lo­cura, necesito ayuda», cuenta el psiquiatra que dijo Javier, «es ver­dad, esto no venía en la prensa. Hay veces en que yo no miro, no veo, no siento, no huelo, no me fijo, no es una mente, es una máquina, tienes que hacer una cosa y la haces. Eso ocurrió».
En ese momento de la entrevista solicitó que se le sometiese al Suero de la Verdad, y se sumergió, según Andrade, en una gran an­gustia.
¿Loco o actor? Para el psiquiatra contratado por su familia, Ja­vier está loco, por tanto no se le podría imputar delito alguno. García Andrade sostiene que este chico de «inteligencia de tipo medio, con buena capacidad de abstracción y de síntesis» padece una «es­quizofrenia paranoide, además de personalidad múltiple psicótica y amnesia disociativa». Psicótico pues, sin lugar a la condena, además de esquizofrénico y con problemas de memoria.
Para el doctor, el juego no fue la causa de sus enfermedades, si­no precisamente la máscara. Dos años después del crimen, Javier se­guía jugando a Razas en la cárcel.
Pero el dictamen de García Andrade no era más, ni menos, que un estudio de parte, es decir, algo que había que contrastar necesa­riamente con otros estudios.
La titular del juzgado de instrucción número cinco de Madrid encargó otro informe a las psicólogas adscritas a la clínica médico-forense de Madrid Blanca Vázquez y Susana Esteban.
Cuando Javier les empieza a hablar de su perro Atila dice: «El pe­rro es una magnífica persona, cuando lea la prensa ya sabrá él a lo que me refiero».
Javier se declara ratón de bibliotecas, con más de 3.000 volúme­nes en su casa, y las psicólogas corroboran que el preso cuenta con cierto bagaje de cultura fantástica, pero no sabe quién es Martin Luther King, por no hablar de temas corrientes como ecología o Ter­cer Mundo, de los cuales asegura desconocer todo.
El dilema
¿Loco o actor? El informe de las psicólogas lo califica de psicópata pero... «este diagnóstico implica un trastorno de personalidad que no afecta en absoluto a su capacidad de entender y obrar [...]. El sujeto sabe lo que quiere hacer y quiere hacerlo cuando lo hace». Por tanto, susceptible de condena.
El informe de las psicólogas es bastante más duro que el del psi­quiatra contratado por la familia. Para ellas, Javier Rosado jamás se ha creído ser una de sus razas, sino que las conoce y controla a su voluntad y siempre desde una perspectiva de observador. Y conclu­yen: «Se trata de un sujeto altamente peligroso [...]. Bajo circuns­tancias favorables podría cometer cualquier crimen violento y sádi­co. Odia a la sociedad y a las personas, con las que no se siente implicado más que de forma racional. Busca activamente reconoci­miento social».
Blanca Vázquez y Susana Esteban concluyen su estudio de 21 pá­ginas el 7 de octubre de 1994. Doce días después Juan José Carras­co Gómez y Ramón Núñez Parras, especialista en psiquiatría el pri­mero y médicos forenses ambos adscritos a los juzgados de la plaza de Castilla, presentan a petición de la juez otro estudio sobre Javier de 51 páginas. Ambos análisis, el de ellas y el de ellos, se habían efectuado de forma paralela a petición de la juez y de eso se queja­rían por escrito Carrasco y Núñez al entender que «los retests practi­cados en fechas cercanas pierden fiabilidad».
Unos y otras se encierran con el preso, visitan a sus familiares, analizan sus escritos y, al emitir sus dictámenes, se contradicen. Ca­rrasco y Núñez sostienen que cualquiera de las múltiples personali­dades de Javier «pueden tomar el control absoluto de la conducta». O sea, exento de penas.
Aunque también hacen reseñar los doctores que tanto su madre como su hermano mayor no habían observado antes del crimen nin­gún comportamiento en Javier sospechoso de tratamiento psiquiátrico. Ni alteraciones de memoria, ni manifestaciones de las distintas personalidades, ni soliloquios. Siempre fue muy estudioso, introver­tido y lector infatigable. Nunca pensaron que precisase de psicólogos, aunque una vez en la cárcel comenzaron a verle con trastornos serios en sus visitas.
En una de sus entrevistas los dos psiquiatras llegan a plantearse si Javier actúa en plan estratega, porque alguna vez les había ad­vertido que durante su estancia en prisión iba a resucitar a Wul, el estratega que estaba adormecido, para defenderse así de funciona­rios, médicos y otros presos.
Tras varias horas de entrevistas con el recluso y su familia, tras consultar las más de 1.000 páginas que Javier escribió sobre su jue­go, además de bibliografía y jurisprudencia sobre personalidad múltiple en Estados Unidos, Carrasco y Núñez concluyen que sus tras­tornos no están buscados conscientemente como coartada porque sería muy difícil de simular un cuadro clínico de tanta riqueza, ex­presividad y contenidos. Resumen: enajenación mental completa. En cuanto a las posibilidades de cura, «no existe ninguna cuya indica­ción sea garantía de una evolución favorable».
Sin embargo, Javier Saavedra, el abogado de la familia de la víc­tima, asesorado por psiquiatras especialistas en casos de múltiple personalidad, sostiene que Javier es un psicópata dueño de todos sus actos. «Si hubiera encontrado junto a la víctima a un guardia civil, un psicótico habría cometido el crimen igualmente, pero Javier Ro­sado, no: él discernía el peligro. El psicótico puede ver perturbados sus sentidos afectivos, pero no es frío como el psicópata.»
Carlos Fernández Junquito, médico psiquiatra del Hospital Ge­neral Penitenciario, vio a Javier como una persona con la afectivi­dad prácticamente abolida. «Cierto día, estando presente en la en­trevista la psicóloga de la Unidad, le dijo: "Puede usted quedarse, es como el teléfono".»
Pero el psiquiatra Fernández Junquito le diagnosticó el 18 de oc­tubre de 1994, en el informe más breve de los tres elaborados, es­quizofrenia paranoide, algo que desecharon otros doctores.
Para el letrado Saavedra, Javier Rosado no sólo está exento de cualquier tipo de esquizofrenia sino que se trata de un psicópata res­ponsable y consciente de todo lo que hizo: «El lenguaje del psicópa­ta es estructurado, racional y lógico, como el de Javier; los psicópatas_ son seres racionales, muy manipuladores, engañan mucho, ambicio­nan el poder y para ello se valen del lenguaje, mientras que el psi­cótico pasa del poder. En el momento en que lo cogieron no es un psicótico, aunque después haya desarrollado una psicosis».
Javier se consideró impotente ante los psiquiatras para saber si él había cometido el crimen. Aseguró que si intentara averiguarlo se podía declarar dentro de su cabeza una guerra civil entre las razas, como la que sufrió con 17 años: «Hubo una rebelión en COU que fue la guerra de los Maras... fue cuando tuve el desengaño amoroso, mi depresión, Mara contra Fasein». Para investigar sobre aquel cri­men dijo que tendría que atravesar pasillos de su cerebro muy peli­grosos, porque hay razas que no dejan pasar a nadie por allí.
El 22 de junio de 1994 Javier salió esposado de la cárcel de Val­demoro para que lo examinara en los calabozos de la plaza de Cas­tilla un forense. En el trayecto del furgón a la cárcel, un redactor de El País le preguntó:
–Javier, ¿te arrepientes de lo que has hecho?
–Yo no he hecho nada –contestó con la cabeza gacha para eludir las fotos–, yo no he hecho nada.
Uno de los guardias civiles que lo custodiaban le levantó la cabe­za agarrándolo por la nuca y le dijo:
– ¿Que no has hecho nada, cabrón?
En la cárcel, algunos presos mucho más fornidos que él le respe­tan y le temen por el halo de inteligencia que le ha otorgado la pren­sa y sus partidas de ajedrez.
Pero su compañero Félix fue a parar a un pabellón de adultos donde los otros presos, en un alarde de originalidad, lo han bautiza­do con el alias de Niño.
Los psiquiatras Carrasco Gómez y Núñez Parra señalan que a pe­sar de todo Félix seguía admirando a Javier y se mostraba interesa­do por lo nuevo que podía estar escribiendo su amigo en prisión sobre Razas. «Ahora seguro que utiliza la raza 17, Wul, y la 18, la serpiente de lengua bífida, que intenta convencer haciendo daño a otros, implicar a otros para salvarse él mismo ... y es posible que Fa­sein pueda cortarse los dedos, Fasein es el que se automutila, que aprende con el sufrimiento, que se va cortando los dedos y va apren­diendo ... »
Félix a veces también duda de su personalidad: «No estoy seguro de haberlo hecho... pero quizás no fuera yo en ese momento... esta­ba muy identificado con Javier... me he metido en un lío... [sollozos], de una broma de matar a alguien nunca pensé que fuera a suceder lo que sucedió».
Mientras esperaban la sentencia del juez, Javier seguía jugando a sus Razas, inventando alguna de ellas basada en la persona de un policía que le interrogó, y Félix se entretenía con poemas como este que escribió antes del crimen:
Quiero romper las cadenas de la muerte
y volar por estepas infinitas
con un caballo de alas marchitas
cantando con el grito de un demente.
Pasarán estaciones pequeñitas
en el ritmo incesante de mi mente
con mi amargo recuerdo tan caliente
soñarán las mujeres más bonitas.
Mas te recuerdo y en mi memoria gritas.
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2017.06.24 14:52 albedrio "Lo describiría como un subidón de energía sexual que llega a mi cuerpo, que comienza en mis dedos de pie y sube hasta llegar a mi vagina. Tras el clímax me quedo tirada, exhausta". Jaclyn.

M. PALMERO TAGSORGASMO TIEMPO DE LECTURA3 min 24.06.2017 – 05:00 H. - ACTUALIZADO: 2 H. El orgasmo femenino es tan enigmático, complicado y diferente que es difícil describirlo con palabras. Las onomatopeyas ayudan a explicar lo que se sienten ellas al conseguir el placer máximo, pero algunas de ellas han hecho un esfuerzo para relatar con la mayor exactitud posible qué ocurre en su cuerpo y mente cuando este llega. Excitación, calambres, sacudidas, sudor frío... Las confesiones son diversas pero a la vez parecidas. Recogemos ocho declaraciones de mujeres que han contado de forma sincera a 'Cosmopolitan' lo que sienten exactamente al alcanzar el clímax. Mi respiración se vuelve irregular, y no puedo concentrarme en nada, pierdo la conciencia de mí misma 1) "Como un cubo de agua caliente" "Siento mucho placer cuando se introduce en mí. Lo único que puedo hacer es ver cómo actúa mi cuerpo. Empiezo a jadear y a sentir como si un cubo de agua caliente me cayese encima. Es algo confuso, sientes que te gusta, te duele, quieres más y a la vez que pare. Todo a la vez. Y luego cruzas la línea al orgasmo, y cuando es fuerte realmente te consume entera". Alexandra. 2) "Una sacudida" "Tuve un orgasmo que realmente me hizo sentir fuera de mí. Empezó como un latido ahí abajo, luego mi cabeza iba a mil por hora, mi cuerpo empezó a sacudirse incontrolablemente. Fue como una erupción volcánica... Pero en la vagina. Luego colapsé junto a él, no me podía mover ni hablar. Haley.
3) "Una liberación" "Te sientes libre y es realmente fantástico lo que se experimenta unos segundos antes de que ocurra. Y luego llega, y quieres más. A veces tienes suerte y se producen repeticiones del orgasmo". Lexa. 4) "Un grifo que se enciende" "Sé que empieza porque todos los músculos comienzan a contraerse y a temblar. Tengo un sudor ligero que parece como si hubiera un grifo que se abre dentro de mí. Sé que he tenido un orgasmo completo y de verdad cuando necesito un snack y una siesta". Nina. 5) "Subidón de energía sexual" "Lo describiría como un subidón de energía sexual que llega a mi cuerpo, que comienza en mis dedos de pie y sube hasta llegar a mi vagina. Tras el clímax me quedo tirada, exhausta". Jaclyn.
6) "Caliente" "Es una experiencia corporal total en la que dejas de sentir todo, excepto la sensación caliente que recorre tu cuerpo". Lexi. 7) "Pérdida de conciencia" "Mi respiración se vuelve irregular, y no puedo concentrarme en nada, y pierdo la conciencia de mí misma. Mi cuerpo deja de moverse, y lo único que quiero es apretarlo contra mi pareja y disfrutar de la explosión que está a punto de suceder en mi cuerpo. Me abruma e impresiona al mismo tiempo... Termino cayendo encima de mi marido diciéndole que deje de moverse". Heather. 8) "Como un vaso que se desborda" "La mejor explicación que puedo dar es la sensación de placer que se acumula y que te llena como un vaso de agua hasta que se desborda". Molly.
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2016.11.13 14:37 EDUARDOMOLINA Führer Trump: el presidente más obsceno emerge de las cenizas demócratas. La desigualdad se aproxima a niveles de los años 30, los demócratas se han hecho defensores del sistema que victimiza a su base electoral. Tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del lobyy militar y de Silicon Valley.

Álvaro Guzmán Bastida
http://ctxt.es/es/20161109/Politica/9431/elecciones-EEUU-victoria-Donald-Trump-Alvaro.htm
"El Apocalipsis ha sucedido. Donald Trump ha ganado las elecciones. Pero, sobre todo, ha perdido el Partido Demócrata. Se enfrentaba a un candidato que había fracturado a su propio partido e insultado a más de la mitad del electorado; a un multimillonario con oscuras conexiones mafiosas, que ha despedido a su equipo de campaña tres veces durante la misma. Los demócratas tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del establishment político y militar, de Silicon Valley, Robert de Niro, Michael Moore, Jay-Z, Beyoncé y Bruce Springsteen. Y han perdido con estrépito. No solo la Casa Blanca, sino prácticamente todo el poder del Estado: desde el legislativo –en el que los republicanos van a contar con una cómoda mayoría en ambas cámaras— al judicial, donde Trump nombrará al sustituto del fallecido Antonin Scalia y posiblemente a otros dos jueces, pasando por el poder en los estados federados, de los cuales los republicanos controlan 31, por 18 de los demócratas.
¿Cómo es posible? En los ocho años de gobierno de Obama, se han terminado imponiendo dos características aparentemente contradictorias, que solo analizadas en su conjunto ayudan a arrojar luz sobre el enigma del fracaso demócrata: se trata de la arrogancia y la obsesión por el consenso.
La arrogancia demócrata.- Los demócratas han desplegado una descomunal arrogancia, al menos en dos sentidos. Para empezar, han sido soberbios con su base política tradicional: la clase trabajadora. Lo viene denunciando Thomas Frank, cuyo libro Listen, Liberal está escrito como una desesperada advertencia a los demócratas, y hoy debería ser de lectura obligatoria como manual de instrucciones para la autopsia del cadáver. La arrogancia de clase de los demócratas, documentada exhaustivamente por Frank, que sostiene que el partido se ha convertido en el representante de las élites de profesiones liberales, tiene que ver con un cálculo electoral fundamentado en otra arrogancia: la demográfica.
Los New Democrats abandonaron, ya en los 80 pero de manera decisiva con Bill Clinton, al electorado trabajador blanco que había fundamentado sus mayorías, porque creyeron que el país iba en otra dirección. En poco tiempo, los profesionales liberales de sueldos altos (médicos, ingenieros, agentes de bolsa, economistas…) pasaron de ser el segmento de población más fiel al Partido Republicano a abrazar con igual entusiasmo a los demócratas.
Por la misma avenida por la que circulaban los profesionales liberales, pero en la dirección opuesta, desfiló la clase obrera blanca que anoche hizo presidente a Trump. La arrogancia demográfica consistió en dar por hecho que el agujero electoral que dejaban los trabajadores blancos lo iban a ocupar, con creces, las minorías. Thomas Edsall, veterano periodista de The New York Times, The Washington Post y The New Republic,lleva décadas documentando el creciente desencanto de los obreros blancos con los demócratas, por los que, señala Edsall, se sienten abandonados en favor de los negros, los latinos o el colectivo LGBT.
Dados los flujos migratorios, y sobre todo las tasas de natalidad de diversos grupos, Edsall prevé que para 2043 los Estados Unidos sean un país ‘majority-minority’, en el que los blancos pasen por primera vez a ser minoría. Preparándose para ese momento, los demócratas, que nunca fueron un partido ‘de clase obrera’ pero contaban con los sindicatos para forjar mayorías, eliminaron la justicia económica de su programa y de su horizonte político, a favor de otras justicias. En los sueños de los estrategas del partido, un electorado más diverso, seducido por políticas amables con los derechos civiles, permitiría a los demócratas cuadrar el círculo, representando desde la ‘modernidad’ un bloque electoral que aunara a los ejecutivos de las empresas tecnológicas y a las negras lesbianas del Bronx. El tiempo les daría la razón. Pero la política no es demografía.
En 2008, Barack Obama se convirtió en el primer presidente negro de un país fundado sobre la esclavitud y la segregación racial. Pero, antes de ganar en las urnas, Obama había logrado otro hito: fue el candidato demócrata en recaudar más fondos de Wall Street para su campaña que su contrincante republicano.
Obsesión por el consenso.- Quizá para saldar sus deudas, Obama no tardó en nombrar para su equipo económico a la misma gente que había llevado al mundo al borde del colapso financiero en el año anterior a su elección. Como recuerda en su libro Frank, fue uno de los mayores gatillazos políticos de la era moderna: Obama llegaba a la Casa Blanca empujado no solo los vientos de un enorme entusiasmo dentro y fuera del país (¿recuerdan el Nobel de la Paz?) sino también por el descomunal enfado con las élites que habían estado a punto de hacer saltar el sistema por los aires.
Con mayoría absoluta en ambas cámaras, cuando podía gobernar como quisiera, Obama decidió ser el presidente del consenso. “La elección de personal es política”, reza un viejo refrán de la política estadounidense. Pero la querencia de Obama por desproveer de conflicto partidista a la política trascendió con mucho sus nombramientos para la Secretaría de Estado o el Consejo Nacional de Economía. Obama ofreció a los republicanos, que estaban en la UVI política, un ‘Grand Bargain’, dilapidando sus dos años de mayoría absoluta legislativa demócrata al buscar consensos imposibles en economía, su reforma sanitaria o el cierre de Guantánamo. La Derecha, maximalista por naturaleza, olió la sangre y no cedió ni agua.
Brecha blancos-negros.- Como señaló en 2011 el entonces corresponsal de The Guardian en EEUU, Gary Younge, “la brecha económica entre los blancos y negros ha aumentado desde que Barack Obama llegó al poder”. (La tendencia ha continuado durante sus ochos años de mandato). Younge añadía: “Bajo su presidencia, el desempleo, la pobreza y los desahucios entre los negros están en su niveles más altos en más de una década”. Younge, británico de raza negra y una de las firmas más clarividentes a la hora de entender la división racial en EEUU, sentenciaba: “Millones de niños negros pueden aspirar a la presidencia ahora que hay un negro en la Casa Blanca. Pero dicha trayectoria es menos probable para ellos hoy de lo que era durante el mandato de Bush. Ahí descansa lo que en el mejor de los casos es una paradoja y en el peor la gran contradicción de la base social que aupó al poder a Obama. El grupo que más le apoya –los negros— es al que peor le va bajo su mandato”.
Ese año vio florecer dos movimientos de protesta radicalmente opuestos, pero con un elemento en común. Tanto Occupy Wall Street como el Tea Party reclamaban un rechazo a las élites y una política de confrontación que Obama, estaba claro, no estaba dispuesto a ofrecer.
Mientras tanto, los republicanos escupían sobre el brazo tendido de Obama, negándole cualquier victoria ‘bipartidista’, y afilando los cuchillos para 2010. La estrategia funcionó a la perfección.
Desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, tres de las cuatro últimas elecciones –2010, 2014 y ahora 2016— resultaron en debacles demócratas, otorgando cómodas mayorías a unos republicanos que extendían además su poder por todo el país a nivel local y regional.
Obama ganó en 2008 con 69,4 millones de votos. El martes, Clinton obtuvo 59,8. En 2008, los demócratas tenían un poder casi absoluto, y el mandato ciudadano para gobernar sin miedo a las élites. Ocho años después, con diez millones de votos perdidos por el desagüe, están desahuciados. La arrogancia y la obsesión por el consenso han matado al Partido Demócrata.
Rebelión blanca.- La presidencia de Obama está llena de sombras. Presume entre sus méritos del desarrollo del programa de drones, que convierte la guerra en un videojuego, y la instauración de reuniones semanales en el despacho oval en las que el Presidente repasa una ‘kill lists’ y decide a quién se va asesinar sumariamente y –quizá por aquello de honrar a la Academia Noruega— a quién no.
Pero Obama, que ha sido verdugo de muchos, fue también víctima desde su ascenso al poder de una campaña de racismo visceral, que le negaba incluso la legitimidad como presidente. Al frente de esa campaña se situó desde el principio un hombre de tez naranja y tupé platino, el ahora presidente electo Donald J. Trump.
Trump pasó años difundiendo rumores sobre la supuesta nacionalidad extrajera de Obama, agitando así la sombra del pasado racista de un país que tenía a su primer presidente negro. Fue así como el magnate fraguó su transmutación de bufón mediático de la telerrealidad más chusquera a la primera línea política. ¿Era Obama musulmán? ¿Acaso no sería keniano? Trump ya tenía en su historial importantes medallas al xenófobo: en 1989, pagó de su bolsillo para pedir, en anuncios de prensa a toda página, la ejecución de un grupo de menores negros acusados de violar a una banquera blanca. (Aunque los jóvenes terminaron saliendo absueltos e indemnizados por los perjuicios que la ciudad de Nueva York les causó, Trump nunca se disculpó, y sigue manteniendo en público, hasta una semana antes de las elecciones, que los jóvenes eran culpables y tendrían que haber sido ejecutados, lo que hubiera sido ilegal, ya que el estado de Nueva York había eliminado la pena de muerte cinco años antes del crimen).
Cuando Obama se vio obligado a hacer pública su partida de nacimiento, que dejaba claro que llegó a este mundo en Hawaii, Trump se anotó el escarnio público como una victoria personal. Los racistas ya tenían su mesías.
El partido del ‘establishment’.- Pero Trump nunca hubiera llegado a la Casa Blanca si solo fuera el mesías de los racistas estadounidenses, figura que sigue ostentando, pero insuficiente para lograr casi sesenta millones de votos. En un momento en el que la desigualdad se aproxima a niveles de los años treinta, y en el que la Universidad de Princeton declara que los Estados Unidos no son ya una democracia, sino una oligarquía, el partido progresista ha logrado situarse en el imaginario colectivo el defensor del sistema que victimiza a la que un día fue su base electoral.
Para coronar tamaña proeza, el partido eligió a la candidata con más lastre, menos capacidad de ilusión, y probablemente menos conectada con los problemas de la clase trabajadora de su historia: Hillary Clinton. Eran las elecciones del tiempo político abierto por el Tea Party y Ocuppy Wall Street. Los demócratas tuvieron su oportunidad para presentar a un candidato más acorde con los anhelos de la clase trabajadora: Bernie Sanders. La desaprovecharon.
Durante la campaña, Hillary Clinton jugó a empatar un partido que reclamaba encerrar al adversario en su área. Agobiada por los numerosos escándalos que le rodean, rehuyendo el papel de mujer política en un panorama en el que los Estados Unidos podrían haber elegido a su primera presidenta, Clinton y su partido no han sido capaces de ofrecer nada más que ‘más de lo mismo’.
Al Partido Demócrata le toca hacer penitencia y refundarse. El liberalismo corporativo inaugurado por Bill Clinton ha muerto con la derrota de su mujer, Hillary, en las urnas. Habrá voces entre los demócratas que aboguen por un giro a la derecha, por mostrar una cara más dura en inmigración (¿más dura que la de una administración que ha deportado hasta agosto 2,8 millones de inmigrantes, más que ninguna otra en la historia del país?), por ejemplo. Se equivocarán. Los demócratas tienen dos años para ilusionar a su electorado antes de las elecciones de mitad de mandato de 2018. Solo es verosímil que lo logren recuperando la bandera de la redistribución económica.
China, China, China.- Trump, que perdió el voto popular, ganó la presidencia por el paupérrimo resultado de Clinton en los antiguos feudos demócratas del ‘Rust Belt’, el cinturón industrial que era un histórico bastión demócrata. Pero su victoria va más allá. Se entiende todavía mejor si se superpone al mapa de la desindustrialización del país, que ha visto cómo se cerraban en masa minas, fábricas, no solo en Ohio y Pensilvania, o West Virginia, sino también en estados de la región de los Apalaches, como Carolina del Norte, el Medio Oeste, como Iowa, o el Sureste, como Louisiana.
Cuando Trump hablaba obsesivamente de China y México en sus mítines y echaba en cara a Clinton la firma del tratado comercial NAFTA durante los debates, sabía lo que hacía. Estaba activando la pulsión de un electorado que se siente, en palabras de Arlie Russell Hochschild, la autora del otro libro de lectura obligatoria para el momento, extranjero en su propia tierra.
Una vez más, llegó primero el abandono de ese electorado por parte de los demócratas y solo después –-décadas después— el triunfo de Trump en esos feudos. Es una historia conocida, y que no entiende de fronteras: pregúntenselo al Partido Socialista francés o a los laboristas británicos, que tienen en Marine Lepen y Nigel Farage a sus Trumps particulares. Como ellos, Trump utiliza el comercio como subterfugio para afrontar los verdaderos problemas de sus sociedades. Son tan estadounidenses los ricos que deciden producir lo que venden en China como los trabajadores que se quedan sin empleo con la deslocalización de la producción. Pero hincarle el diente a esa contradicción supondría hablar de clase, cosa que los demócratas no hacen desde… Bernie Sanders.
¿Uno de los nuestros?.- Observar la victoria de Trump desde el Nueva York cosmopolita y liberal, y a través de medios como The New York Times o The New Yorker ha sido como ver hundirse al Titanic desde los ojos del director de la orquesta. Las élites liberales no entienden qué ha sucedido. Viven en un país que les es ajeno, como los protagonistas del libro de Arlie Russell Hochschild. La campaña de Clinton y sus aliados en la prensa han pasado meses, acusando –con razón— a Trump de ser un evasor de impuestos, un demagogo racista, un misógino depredador sexual. Le han comparado con Hitler y Mussolini. Y, sin embargo, ahora se apresuran a encontrar un “tono conciliador” en su discurso de la victoria. Clinton, que no dio la cara hasta 24 horas después de la derrota, habló de “respetar el proceso”, y de “la obligación” de aceptar el resultado. ¿No habíamos quedado en que si ganaba Trump llegaba el fascismo a América? ¿Van a hacer Hillary Clinton y el Partido Demócrata de comparsa del ascenso del Führer Trump, que ni siquiera ganó en votos, sino gracias a la disfunción decimonónica del sistema electoral estadounidense?
¿En qué quedamos? ¿Advenimiento del fascismo o todos somos un equipo? Ambas cosas no pueden ser. (Trump pareció devolver el favor por adelantado: si en campaña había prometido hasta la saciedad que nombraría un fiscal especial para meter a Clinton en la cárcel por su supuesta corrupción, en la noche electoral se apresuró a felicitarle (¿por la derrota?) y a dejar claro que tiene con ella una enorme “deuda de gratitud”. Democracy in America.
Bonus y víctimas.- Al Trump que pedía como un energúmeno el certificado de nacimiento de Obama y al que ha llegado a la presidencia de la mano de la promesa de devolver el trabajo a los estadounidenses los une un vector: el miedo al otro. La xenofobia ha ocupado un lugar central en la vida y obra de Donald J. Trump, así como en su campaña electoral. Cuando se presentó, en junio de 2015, lo hizo acusando a los mexicanos que cruzan la frontera de ser violadores, criminales, traficantes de drogas que venían a sembrar el caos en EEUU. Los momentos más calientes de sus mítines eran los que dedicaba a prometer la construcción de un muro en la frontera o la prohibición de entrar en el país a los musulmanes.
Muchos ponen en duda que vaya a implementar ahora dicho programa. Es imposible saber si lo hará. Pero, aunque quisiera frenarlas, ha puesto en marcha fuerzas xenófobas con su retórica incendiaria que serán difíciles de frenar. Si Trump –-como es predecible— no es capaz de contentar al electorado de la clase trabajadora empobrecida al que tanto ha prometido esta campaña, lo lógico para su supervivencia política sería que recurra a la estrategia que mejor le ha funcionado en campaña: la de buscar chivos expiatorios entre los más débiles, léase los negros, los latinos, las mujeres, el colectivo LGBT o los musulmanes. A ellos no les debe nada.
La mañana posterior a la victoria de Trump, una emisora de radio neoyorquina conectaba con la puerta de las oficinas Goldman Sachs, donde "el sentir era sombrío". Acto seguido, el locutor daba paso a un joven trabajador de la firma, cuyo rango no identificó.
“¿Cómo están viviendo un momento político de tanta incertidumbre para la nación?” espetaba el reportero.
"Nos preocupa el descenso que van a sufrir nuestros bonus", declaraba el joven. Solo en esta campaña, Hillary Clinton recibió 945.744 dólares en donativos individuales de trabajadores de Goldman Sachs.
Pocos minutos después, llamaba al mismo programa el profesor de un colegio en Long Island, al Norte de Nueva York. Contaba que la mitad de sus alumnos, guatemaltecos y hondureños en su mayoría, no habían ido a clase. “Sus padres son indocumentados”, contaba con la voz rota. “Tienen miedo”."
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2016.05.08 13:12 EDUARDOMOLINA Juan Luis Cebrián y la impunidad. Un imperio levantado por Jesús Polanco, que hoy está casi reducido a cenizas, quebrado por este genio de la literatura y las finanzas, esclavo de una deuda de más de 3.000 millones que nunca podrá devolver.

Por Jesús Cacho
http://vozpopuli.com/analisis/81386-juan-luis-cebrian-y-la-impunidad
"Uno de esos episodios para el recuerdo. Subir al despacho de Juan Luis Cebrián en la segunda planta del edificio de Miguel Yuste, sede de la redacción de El País, sabiendo que a uno le van a dar boleta no es plato de gusto, de modo que a quien esto suscribe no le cabía el susto en el cuerpo cuando franqueó aquella puerta. Me sorprendió entrar en un espacio apenas iluminado por la luz de una lámpara de mesa que, como si de una pintura tenebrista se tratara, tejía una línea entre la luz y las sombras sobre el mostacho del señorito, ocultando al visitante su mirada y todo lo demás. Me dijo, más o menos, que la empresa había perdido su confianza en mí. Respondí con idéntico argumento pero al revés. Y de repente mis nervios desaparecieron al reparar en unas gotitas de sudor que, cual minúsculas perlas de miedo, colgaban suspendidas, como indecisas, de los pelillos rubios de su cuidado bigote. Aquel tío tenía miedo. Aquel tío lo estaba pasando peor que yo. Aquel tío ha sido siempre un acollonado acostumbrado a vencer su cobardía con sobredosis de esa soberbia que proporciona el saberse un “amo del universo” en versión Wolfe.
Uno de los “amos del prao” durante los últimos 40 años. Poco más de 40 se cumplen de la muerte de Franco en la cama, y el cuarenta aniversario de su fundación acaba de celebrar El País, buque insignia del grupo Prisa, cuyo primer ejecutivo, mandamás indiscutido, es Cebrián. El muy granuja ha pretendido festejar la efeméride por todo lo alto, aunque haya poco espacio para los cohetes en un imperio, el levantado por Jesús Polanco, que llegó a tener a España en un puño en su día y que hoy está casi reducido a cenizas, quebrado por este genio de la literatura y las finanzas, esclavo de una deuda de más de 3.000 millones que nunca podrá devolver. Y en pleno festejo, cabritos los dioses, pérfida doña Fortuna, resulta que al sujeto le han encontrado una vía de agua, casi un canal de la Mancha, con su presencia en los papeles de Panamá a través de su ex, y una participación en una extraña petrolera radicada en paraíso fiscal, de la que posee el 2%, con opción a un 3% más, regalo de un íntimo amigo llamado Massoud Zandi. De modo que a Jannly le han arruinado la celebración, hay que ser cabrones, y qué mala es la gente, oiga, que ni siquiera respeta las fiestas de guardar.
El episodio, más que anécdota, es categoría con todas las de la ley. Es el final del círculo, el cierre del bucle de la corrupción que tiene hoy postrado a este país. Resulta que el personaje que presume poco menos que de haber traído la democracia a España, al alimón con Adolfo Suárez y un tal Juan Carlos I, el tipo que más influencia ha tenido en la conformación de una opinión pública de izquierdas en España, el Imperio que ponía y quitaba ministros, manejaba el BOE, obtenía favores sin cuento de todos los Gobiernos, ese personaje, ese imperio, han ido a parar a la misma alcantarilla que el resto del régimen de la Transición, a la misma piscina de aguas fecales de la ambición por el vil metal, el maldito parné, que ha vuelto locos a tantos españoles de moral distraída.
El capo di tutti capi de Prisa ha venido a morir en la ribera donde ha muerto el régimen del 78, en la misma mierda.- Como ese PSOE que se corrompió en los noventa y que hoy, desnortado, dirige un aventurero con menos luces que un barco de contrabando, capaz de aliarse con el Daesh si preciso fuera para poder gobernar. Como ese Juan Carlos I, guinda del pastel, que, después de traicionar venturosamente lo que Franco había dejado atado y bien atado, se dedicó a pillar, a amontonar dinero de comisiones sin cuento hasta convertirse en la gran fortuna que es hoy. Como este PP cuyo tesorero acumula en Suiza una fortuna cercana a los 50 millones cuya propiedad no se conoce pero se sospecha. Un PP carcomido por una corrupción tan apabullante, de Aznar a Rato casi todos, que resulta hoy difícil imaginar en él un solo hombre bueno. Como ese Pujol apandador que, mientras predicaba la buena nueva de la independencia de Cataluña, se dedicaba a robar a dos manos para que toda su prole pudiera transitar por este mundo cruel sin penuria alguna. Todos decididos a hacer de la libertad un negocio. Hacerse ricos tras la muerte de Franco y la llegada del maná europeo. Esta es la moraleja de los papeles de Panamá cebrianitas. El capo di tutti capi de Prisa ha venido a morir en la ribera donde ha muerto el régimen del 78, en la misma mierda. No podía hacerlo en otro lugar ni en ceremonia distinta: él y su grupo han sido faro y escollera, madre y madrastra, puta y chulo de esta pobre democracia a medio cocinar que hoy sangra por los cuatro costados, víctima de tantos y tan principales salteadores de caminos.
Prisa es el Régimen del 78. Concebido en sus orígenes como un periódico de corte liberal (Manuel Fraga, Ricardo de la Cierva, Darío Valcárcel) dispuesto a acompañar el tránsito de la dictadura a la democracia, El País se decantó pronto hacia las posiciones abandonadas de la izquierda mediática, el fértil terreno de lo “progre” en el que un aventurero sin escrúpulos como Polanco, aventajado de ese capitalismo de amiguetes dispuesto a hacer negocios a la sombra del poder político, masajeándolo primero y luego -tan fuerte, tan poderoso ya-, simplemente dándole órdenes, iba a construir un imperio ante el que llegarían a arrodillarse los ricos hispanos. Relata Gregorio Morán (“El cura y los mandarines”) el episodio chusco de la policía del ministro Martín Villa deteniendo a unos jóvenes por llevar un ejemplar de El País bajo el brazo, y el correlato de esa misma policía registrando en febrero de 1977 la casa del rojo peligroso en que se había convertido el director de informativos de TVE con Arias Navarro. El destino, siempre dispuesto a correr el velo que separa el ser del parecer, iba a sentar décadas después a Cebrián y Martín Villa en torno a la mesa del mismo Consejo de Administración, como presidente y alto cargo, respectivamente, de Prisa. Cierre del bucle. Enemigos a muerte desde siempre de cualquier idea liberal susceptible de salir de la mollera de la derecha española, ha sido esa misma derecha “cavernaria y corrupta” la que ha vuelto, 40 años después, a rescatar a Prisa de una quiebra fraudulenta, vicepresidenta Sáenz de Santamaría mediante, obligando a los bancos a convertir en equity parte de la monstruosa deuda contraída por el grupo, amén de convencer a Telefónica para que comprara la ruina de Canal Plus. Enésimo cierre del bucle de los amos del Régimen.
Prisa y su metamorfosis con el Régimen.- En realidad Prisa se había metamorfoseado tanto con el Régimen, tanto se había camuflado en el paisaje financiero, en los valores del “a pillar a pillar, que el mundo se va a acabar” del sistema, que mientras la economía crecía como la espuma en una burbuja de crédito cuya explosión acabaría acusando la mayor crisis de nuestra historia, Prisa, para no ser menos, se endeudaba en más de 5.000 millones de euros, una cifra a todas luces imposible de devolver ni siquiera mediante el proceso de trocear el grupo y venderlo por piezas, que es lo que ha hecho este genio de las finanzas travestido de ensayista y académico de la Lengua. El figura ha arruinado de paso a los hijos de Polanco, lo cual no ha sido óbice ni cortapisa para que él se haya embolsado no menos de 25 millones en los últimos cinco ejercicios -13,6 millones solo en 2011-, y se haya apuntado como fin de fiesta un “bonus de jubilación” de 6 millones más, a cobrar en 2020. Nuestros altos ejecutivos son así, capaces de arruinar la empresa que gestionan mientras se enriquecen con descaro en la España del ande yo caliente y ríase la gente.
El figura ha arruinado a los hijos de Polanco, lo cual no ha sido óbice ni cortapisa para que él se haya embolsado no menos de 25 millones en los últimos cinco ejercicios
Juan Luis ha hecho estos días grandes y alabanciosas declaraciones de amor al periodismo, a la libertad de expresión y todo lo demás. Cebrián ha hecho mucho daño a un país al que pudo haber hecho mucho bien. La profecía de nuevo cumplida de Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España porque termina mal”. Se trata, en efecto, de uno de los personajes que, so capa de progresismo, más ha contribuido a hacer imposible la consolidación en España de una sociedad abierta y tolerante con la discrepancia ideológica. Lo suyo ha sido siempre la España cainita de buenos y manos. Olvídense de categorías conceptuales. Buenos y malos travestidos de simples amigos o enemigos. Más daño aún ha hecho al periodismo. La mayoría de los profesionales que en estos 40 años han desfilado por El País y han terminado tarifando con este cínico presuntuoso han acabado, de un modo u otro, sintiendo en el cogote el aliento fétido de este apóstol de las medias verdades –es el único periodismo que concibe- dispuesto siempre a denigrar a todo aquel que se hubiera atrevido a desafiarle, convencido como ha estado siempre de que fuera del paraguas de Prisa no había vida en mil millas a la redonda.
Lo sufrí con ocasión del escándalo Ibercorp, cuando, ya en El Mundo, el diario de Prisa, entonces dirigido por Joaquín Estefanía, fue capaz de publicar toda una página, impar para más señas, con la transcripción literal de una conversación mía con el abogado Juan Peláez, marqués de Alella, que había sido obtenida mediante la intervención ilegal del teléfono de mi domicilio por parte de las mismas mafias policiales que ahora mismo siguen suministrando material de derribo a tanto aguerrido periodista de investigación como pulula por estos pagos, sin que ningún ministro del Interior haya sido capaz de sanear esta cloaca, convertida en seria amenaza para las libertades. Por supuesto que ni Estefanía ni El País, defensores a ultranza de aquella beautiful people en la que figuraba Mariano Rubio, el gobernador del BdE pillado con las manos en la masa de Ibercorp, me han ofrecido nunca la menor disculpa. Nuevo cierre del bucle de la corrupción.
El orate Cebrián ha seguido sermoneando todos estos años, dictando doctrina a los atolondrados españoles tan necesitados ellos de sus sabias consejas. Como Aznar y tantos otros, los ricos españoles jamás renuncian a subirse al púlpito. Prisa y el PSOE. Nunca estuvo claro si se trataba de un grupo editorial con partido político, o de un partido político con grupo editorial anexo. Tanto monta. La larga mano de Cebrián y su cuate Felipe González han propiciado innumerables a la par que divertidos espectáculos de maquinación política en la sombra. El más reciente, el protagonizado con el pobre Pedro Sánchez, al que un día, hace escasas semanas, llamaron a capítulo para leerle la cartilla, después de que el botarate pretendiera ni más ni menos que pactar con Podemos, de modo que vente pacá, muchacho, que te vamos a enseñar de qué va esto: mira, eso de pactar con los comunistas ni hablar, que nosotros somos la izquierda caviar y no estamos dispuesto a que un demagogo de tres al cuarto venga ahora a quitarnos lo nuestro y obligarnos a vivir en un régimen que, como en Venezuela, no es capaz de ofrecer a sus ciudadanos ni papel higiénico para limpiarse el culo. Lo tuyo es Ciudadanos, buen mozo, esa es la bahía en la que tienes que largar el ancla; llama a Albert Rivera, que ya está avisado, y firma con él un acuerdo. Y a partir de ahí, lo que quieras. Y Pedro, bien mandado, cierra la puerta al pacto con ese coleta morada que tanto horroriza, tanta preocupación causa a la mesocrática barriga de un Felipe rico y a la rica chequera de un Cebrián obligado a pasar a su ex consorte un estipendio mensual de 40.000 euros.
Los maridos nunca saben lo que hacen sus mujeres.- Ellos siguen mandando. Ellos, el PP, el PSOE, Juan Carlos I, el capitalismo castizo madrileño... no están por las reformas en serio. Ellos están por alargar la vida del difunto Régimen hasta donde sea posible. Ellos están para seguir en el machito. Por eso ha sido una faena, una putada en toda regla, que a hombre tan justo y preclaro, a este Gandhi que con sola su figura fue capaz de devolvernos la democracia él solito, le hayan vinculado con las cuentas en Panamá de su primera mujer. Porque Cebrián nunca supo lo que Teresa Aranda hacía con su dinero cuando estaban casados. El Régimen es así. Los maridos nunca se enteran de lo que sus santas hacen en casa. Ana Mato jamás supo que su marido aparcaba todas las noches un jaguar en el garaje de casa; ella pasaba por allí, bien cierto, pero no miraba, de la misma forma que Arias Cañete no sabía lo que hacía su doña con su pasta, esa noble jerezana de toda la vida de Dios en Jerez o caballo o Domecq, de la misma forma, también, que Rajoy nunca supo ni media del trajín que durante años se trajo Luis Bárcenas yendo y viniendo a Suiza con sus millones a cuestas.
Es una putada en toda regla que a este Gandhi que con su sola figura fue capaz de devolvernos la democracia él solito le hayan vinculado con las cuentas en Panamá de su primera mujer
De modo que el noble Jannly se ha cabreado muy seriamente y ha amenazado con querellas a diestro y siniestro. “Desde que tuvimos éxito hemos tenido que sufrir algunos ataques injustificados, pero además falsarios” ha dicho esta semana en la dura entrevista a la que le sometió la gran Pepa Bueno, valiente, en la Cadena SER. El precio del éxito. Y la envidia, pecado español por antonomasia. Cebrián anuncia querellas con el dinero de Prisa, faltaría más. Otra característica de los eximios ejecutivos hispanos, siempre dispuestos a resolver problemas privados con dinero ajeno, con el dinero del prójimo, y que le vayan dando a los accionistas. A la periodista no se le ocurrió preguntarle por qué su ex tenía poderes en una sociedad domiciliada en las Seychelles y creada por el bufete panameño Mossack Fonseca, ni cuáles son sus negocios con Massoud Zandi en la petrolera Star Petroleum, compañía que también enmascaró su propiedad a través de paraísos fiscales con la ayuda del mismo bufete. Pepa Bueno rehusó convertirse en un santiamén en Pepe el Malo.
Así está el periodismo español. Leo en El País del viernes, primera página: “En la ceremonia [celebración del 40 aniversario], que se convirtió en una fiesta del periodismo libre e independiente, Felipe VI (¿qué hacía allí Felipe VI?) destacó el papel de este diario como una garantía de la democracia”. Decir que El País ha mantenido “una visión abierta e integradora de la sociedad española” es sencillamente falso. Las dos Españas siguen tan firmes, tan eternamente enfrentadas como siempre, tan incapacitadas para llegar a esos grandes pactos que reclama un país necesitado de enterrar de una vez sus demonios históricos y afrontar en paz un futuro de modernidad. Y Cebrián ha sido uno de los grandes mantenedores de esa letanía de confrontación que impide a España desprenderse de su pasado más atrabiliario. Parece, pues, que Felipe VI no sabe cómo está el periodismo español y, lo que es peor, la propia democracia, aunque, si quiere, yo se lo explico en media hora de una tarde cualquiera de mayo.
El Bonaparte de las Tullerías.- No parece que las querellas vayan a ir a más. Los leguleyos han pedido al intelectual que quieto parao, apéate del burro y sé prudente, tío, que estás mucho mejor callado. Pero está la ofensa moral. La soberbia herida, esa herencia presente en el ADN de todo poderoso hispano que se precie. Usted no sabe con quién está hablando. La soberbia que le lleva a ningunear la supuesta campaña contra él y su grupo como “la más pequeña de las que hemos sufrido, una revolucioncita de las redes sociales". Eximio representante de la Transición, Cebrián ha ido a caer en la gran fosa séptica de la corrupción del Régimen que tiene a los españoles de buena voluntad perplejos, paralizados por el miedo a un futuro que no se adivina tras la aduana del 26J. Muy bien podría el sujeto hacer suyo el speech del gran Al Pacino en “Un domingo cualquiera”, la película de Oliver Stone: He cometido todos los errores que un hombre de mediana edad puede cometer, he despilfarrado gran parte de mi dinero, he echado de mi vida a todo el que me ha amado, he quebrado la empresa que pusieron en mis manos y he arruinado a los hijos del fundador, he sembrado cizaña en los múltiples surcos de esta España en perenne barbecho, y mi nombre ha aparecido también flotando en las aguas muertas del mar de Panamá. Últimamente ni siquiera soporto la cara que veo en el espejo, pero como el resto de prohombres del Régimen, reclamo mi derecho a la impunidad para no ser menos. Y mi determinación de seguir al mando, obligado como estoy a demostrar a las nuevas generaciones que no soy el bandido corso de Elba sino el Bonaparte de los jardines de las Tullerías. Así muere un Régimen tras 40 años de mala vida. Solo con humor podremos seguir respirando en esta maltratada España nuestra."
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2015.02.09 20:04 defenxor DE CÓMO YO, UN MISERABLE, TAMBIÉN SOY PODEMOS (El cuento)

Soy uno más del ejército de miserables que creó la crisis, o tal vez un mal anterior a la crisis, un genio maligno que estaba ya en las raíces del sistema.
He intentado suicidarme, como hizo ese jubilado griego, el tal Christoulas, en una plaza pública, pero no he tenido éxito. Si trato de cortarme las venas, la hoja de acero se transforma en un inofensivo haz de luz brillante y azulada. Si intento atravesarme el pecho, el resultado es el mismo. También me he llegado a tirar por un puente. En este caso me despierto ligeramente aturdido.
Mi padre siempre decía que lo más importante en la vida es tener un techo. Mi madre apostillaba que la segunda cosa más importante era tener una mujer, porque no está hecho el hombre para vivir solo, y citaba la Biblia. Yo tuve las dos cosas pero las perdí de golpe y porrazo, algo que también te puede pasar según la Biblia, y según el libro de instrucciones de los banqueros, los empresarios sin escrúpulos y los gobernantes de la casta que hacen leyes a los que se acogen los empresarios sin escrúpulos.
Vivía plácidamente en una pequeña ciudad castellana, una de ésas en las que el tren del progreso atraviesa el horizonte nocturno como una lucecita roja, siempre igual y siempre distinta. Ojalá hubiera comprendido antes que esa paz era pura apariencia, que bajo su manto adormecedor las ratas invisibles de la desigualdad te mordisquean y tú no te enteras hasta que te desmayas exangüe. Entonces tienes que irte, emigrar, buscar una segunda oportunidad en otras tierras.
Como tantos castellanos frustrados, creí que en Madrid tendría más suerte, pero no fue así, y cuando ya no pude pagar la pensión me vi obligado a acudir a los albergues, donde no aguanté ni una semana. Puedo aceptar que soy pobre, pero no que formo parte de un ejército de miserables, de zombis que se acercan como perros sumisos a que les acaricien las monjas y los funcionarios municipales. ¡Maldita sea, en mi hambre mando yo! ¡No necesito caridad sino que me devuelvan mi dignidad!
Así que me vi vagando por las calles, huyendo de los alcaldes que practican la tolerancia cero limpiando las calles de gente como yo, sin darse cuenta de que somos la consecuencia de sus propias acciones, su propia basura. Cuando llegan las navidades aprietan más las tuercas de la seguridad. Es lógico, rompemos con la ilusión de un mundo feliz. Con lo que gastan en luces podrían darnos trabajo a más de uno.
Lo único que me consuela es la amistad con otros sin techo, especialmente la que me une a Rufina. Una tarde crucé una carretera por un túnel subterráneo y topé con un Santa Claus que bailaba a la luz de una hoguera. Parecía un rey estrafalario y feliz. Me quedé observándolo un momento y él me guiño un ojo ofreciéndome una lata de cerveza.
Resultó ser una mujer, una mujer extraordinaria que sabe camuflarse para sobrevivir. A pesar de su edad, que nunca me ha dicho –una dama nunca rebela su edad, ironiza-, tiene una naturaleza de hierro. Al parecer se echó a la calle cuando llegó la orden de desalojo. No pidió ayuda a nadie: es demasiado orgullosa. Además, dice que así se libra de su hijito querido, cuya hipoteca fue su ruina. No conozco otra persona más optimista. Dice que los sin hogar somos indios, nómadas, los herederos de una cultura muy vieja e importante que gracias a nosotros no se pierde. Diógenes fue uno de los fundadores. Siempre que hay una manifestación de yayoflautas, aparece en primera plana con una pancarta –sólo se asea en esas ocasiones-. Su sueño es hacerse famosa y que un día se le acerque la alcaldesa y le pregunte en qué puede ayudarla, para poder decirle lo mismo que Diógenes a Alejandro Magno –un guerrero de buena casta-: apártate anda, que la carne de burra de casta no es transparente.
De todas formas, no le gusta que nos apelliden sin techo. Dice que no se ajusta a la realidad, porque tenemos tres techos: uno de cartón –un material excelente para combatir el frío, amén de ecológico-, otro de cemento -el del túnel- y un tercero decorativo –la bóveda celeste-. El otro día me hizo entrar en un locutorio y publicar eso en Plaza Podemos, para sondear un poco. Si su propuesta tuviera mucha aceptación intentaría crear el Círculo de los Sin Hogar. De hecho, ya ha dado los primeros pasos, dibujando en papeles sueltos un mapa censal de los principales puntos de la ciudada donde se concentran nuestros colegas. Así no perderá el tiempo en el caso de presentarse a las primarias, porque las campañas son muy cortas.
El ejemplo de Rufina me reconforta…, pero no lo suficiente. A veces me pongo tan triste que apenas puedo moverme. “Reacciona ciudadano”, me dice, pero es inútil. Siento que quiero volar a otro mundo. Y la verdad, no entiendo muy bien qué me lo impide. Mi única esperanza es que al menos pueda morir por un acto involuntario. Porque el caso es que siento el dolor y sangro igual que los demás, como cuando me muerde el pitbull de algún engominado. Pero siempre acabo estropeándolo. Al ver que la herida se pone fea me emociono y trato de impulsar la infección restregándola en algún charco inmundo. Pero al día siguiente mi piel está limpia.
Tampoco me interesa dar a conocer mi caso. Si la sociedad me ha dejado tirado no se merece que le preste mi cuerpo para que lo estudie. Eso contando con que hubiera fondos para hacerlo, lo cual es improbable en estos tiempos de recortes. De hecho, varios de nuestros tunnel-mates son ex-becarios.
En mi último intento, casi lo consigo.
Oí el rumor de que necesitaban gente en una obra, pero cuando llegué el capataz no estaba. Decidí dormir allí para hablar con él al día siguiente, acomodándome en uno de los contenedores con trozos de corcho y cartones. Reavivé las brasas que habían dejado los albañiles y me comí medio bocadillo que llevaba en el bolsillo. A media noche me despertaron unos gritos que llegaban de lo alto. Parecía una juerga. Subí a cuatro patas por los peligrosos peldaños hasta la última planta. Allí, una luna casi llena proyectaba las sombras de los pilares sobre el fondo negro del abismo. Un conjunto de rostros sorprendidos me observaba con la boca abierta. Pertenecían a cuatro adolescentes vestidos con vaqueros y camisetas de manga corta a pesar del frío. Un hombre alto y calvo se abrió paso entre ellos.
-Vaya, no esperábamos invitados.
Como yo permaneciera mudo, se acarició el mentón y prosiguió:
-Verá, aunque le parezca raro, esto es una clase de educación física. Supongo que habrá oído hablar del Círculo de Cuidadores que Pernoctan (CqP). Pero por favor, siéntese –dijo tomándome del brazo y señalándome uno de los botes de pintura que habían colocado en círculo alrededor de un fuego a modo de asientos-. Me ofreció un brebaje que olía a orujo quemado y me soltó un extraño discurso. Estaba convencido de que la única forma de acabar con el fracaso escolar era sacar la educación de la escuelas y llevarla a la calle. La clase política había inculcado el miedo en la población en los últimos tiempos. Era preciso un nuevo tipo de educación no formal dedicada a combatirlo. Citó a algunos autores, mezcló a Nietzsche con Paulo Freire y a mí se me abrió la boca. Entonces interrumpió su perorata y me llenó otra vez el vaso de plástico.
-Permítame que le haga una demostración práctica de mi fórmula, acompáñeme. Caminamos unos metros hasta llegar a una brecha de varios metros.
-Hemos medido el salto y colocado colchonetas en los bordes. Lo que va a presenciar ahora es un milagro. Estos chicos sacaban las peores notas de su instituto. La orientadora se sentía incapaz de ayudarlos, tenían la autoestima por los suelos, ¿me entiende? Carne de cañón de los malditos políticos, ¿comprende?
Les eché una mirada. Parecían muy contentos, agitándose al lado de algún aparato oculto entre las sombras. De vez en cuando, se acercaban a la cazuela y se servían; entonces eructaban y gesticulaban como posesos, intentando tocarse la punta de los pies con las piernas rectas o dando volteretas laterales al ritmo de la música.
En un momento dado, el extraño profesor sacó un silbato. Al oírlo, los cuatro alumnos se dirigieron en un trote ordenado hacia una línea de tiza que había sido dibujada en el suelo. Después respiraron y flexionaron sus cuerpos adoptando la actitud de los corredores.
-¿Preparados? –gritó el cuidador -¡Sí! –respondieron al unísono. -¿Conoce usted a Apollinaire? –me preguntó. Y luego exclamó-: -Venid hasta el borde -Tenemos miedo, podríamos caer –respondieron ellos como en una siniestra letanía. -¡Venid hasta el borde! –se oyó de nuevo
Entonces se acercaron y se dejaron empujar por el profesor al tiempo que exclamaban:
-¡Y volaron!
Yo me tapé los ojos, temiéndome lo peor, pero cuando los abrí, vi que todos habían conseguido pasar al otro lado y se felicitaban, despatarrados en la colchoneta entre toses y escupitajos.
-¿Qué le ha parecido, eh? – me preguntó el profesor. Tenía en la cara dibujada una sonrisa de orgullo y satisfacción.
Cabeceé mientras daba media vuelta. Al bajar las escaleras escuché de nuevo sus tremendas carcajadas amplificadas por el eco. Me metí en el contenedor de nuevo y me dormí enseguida, ayudado por el alcohol caliente..
No sé cuánto tiempo habría pasado cuando me despertaron unas voces:
-Eh, mirad, un mendigo, vamos a “queimarlo”, ¡ja, ja, ja! -¿Por qué no lo grabamos? ¡Eh, Bolas!, saca tu pedazo de móvil.
Al poco sentí el resplandor y el calor del fuego rodeándome. Me incorporé un poco y sonreí. Ahí tenía la ocasión que tanto había buscado, por fin podía morir; sólo tenía que esperar a que las llamas se acercaran un poco más y se cebaran sobre mí. Con el crepitar de papeles y cartones se mezclaban los chillidos de excitación de los pirómanos. Saltaban y se movían igual que en la azotea, aunque mucho más excitados. Parecían animales enloquecidos por el olor a muerte. No se imaginaban que mi intención era quedarme tranquilamente entre los escombros, sonriendo y agradeciéndoles el gesto.
Sin embargo, cuando las llamas se hicieron más altas y amenazantes, justo antes de lanzarme su mortal dentellada, dijeron algo que me sacó del trance –pues me había concentrado para darle un poco de trascendencia a mi paso hacia una mejor vida-:
-¡Muerte a los parásitos! -¡Viva El Führer!
Al oír aquello cambié de opinión. Cogí el pequeño bote de gasolina que me había regalado Rufina para ayudarme a hacer fuego, rocié con rapidez la ropa que llevaba puesta y la prendí. Una vez que me cercioré de que las llamas no conseguían hacerme daño sino que me acariciaban con su brillo y su calor, atravesé la hoguera de un salto y me planté ante aquellos malditos como un Júpiter rojo de ira. Aún puedo ver sus caras de estupefacción, sus cuerpos paralizados. Podía sentir el miedo entrando por su nariz y por sus bocas, por sus ojos, por todos los poros de su piel, ese mismo miedo contra el que su loco profesor les había vacunado.
Por fin reaccionaron y echaron a correr en todas las direcciones. Perseguí a uno de ellos hasta que topamos con una carretera que atravesamos sin mirar. Tal vez pensó que podía saltarla como había saltado el abismo de hormigón. El caso es que fuimos atropellados aunque obviamente con diferentes resultados. El vehículo se dio a la fuga, y yo, en cuanto me recuperé del golpe, hice lo propio. Huí como huyen los héroes de la escena del delito tras haber ejecutado su venganza.
Cuando llegué al túnel Rufina me saludó con una broma:
-Me huele a chamusquina. Te veo, no sé, como transfigurado. -Sí. ¿Te imaginas a un sin techo con superpoderes? No me refiero a sobrevolar Manhattan o Madrid, sino a alguien que persigue a los corruptos que nos han hundido en la miseria y empoderan a la gente. -Vaya, por fin veo que has comprendido la necesidad de formar el Círculo de los Sin Hogar.
Estábamos en eso cuando se presentó una tal Carolina, del Círculo de Enfermeras. Se ofrecía voluntaria para hacernos un chequeo gratis a los del túnel. Le contamos la coincidencia y le encantó la idea, hasta aventuró que podríamos aliarnos contra el CqP. Rufina se puso muy contenta y una botella de champán que tenía guardada para la noche vieja. La vieja se animó tanto que le contó a la enfermera mi problema, a pesar de las miradas reprobatorias que le dirigí. “Si eso es verdad tú podrías ser un buen candidato para Secretario General”, “Al fin y al cabo, un superman sin techo es el mejor ejemplo de un excluido empoderado”. Desde entonces, no he dejado de darle vueltas a esa idea. Me parece bella. Si estoy condenado a vivir, al menos que sea por una causa justa.
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2015.02.09 17:59 defenxor DE CÓMO ME EMPODERÉ (CUENTO)

Soy uno más del ejército de miserables que creó la crisis, o tal vez un mal anterior a la crisis, un genio maligno que estaba ya en las raíces del sistema.
He intentado suicidarme, como hizo ese jubilado griego, el tal Christoulas, en una plaza pública, pero no he tenido éxito. Si trato de cortarme las venas, la hoja de acero se transforma en un inofensivo haz de luz brillante y azulada. Si intento atravesarme el pecho, el resultado es el mismo. También me he llegado a tirar por un puente. En este caso me despierto ligeramente aturdido.
Mi padre siempre decía que lo más importante en la vida es tener un techo. Mi madre apostillaba que la segunda cosa más importante era tener una mujer, porque no está hecho el hombre para vivir solo, y citaba la Biblia. Yo tuve las dos cosas pero las perdí de golpe y porrazo, algo que también te puede pasar según la Biblia, y según el libro de instrucciones de los banqueros, los empresarios sin escrúpulos y los gobernantes de la casta que hacen leyes a los que se acogen los empresarios sin escrúpulos.
Vivía plácidamente en una pequeña ciudad castellana, una de ésas en las que el tren del progreso atraviesa el horizonte nocturno como una lucecita roja, siempre igual y siempre distinta. Ojalá hubiera comprendido antes que esa paz era pura apariencia, que bajo su manto adormecedor las ratas invisibles de la desigualdad te mordisquean y tú no te enteras hasta que te desmayas exangüe. Entonces tienes que irte, emigrar, buscar una segunda oportunidad en otras tierras.
Como tantos castellanos frustrados, creí que en Madrid tendría más suerte, pero no fue así, y cuando ya no pude pagar la pensión me vi obligado a acudir a los albergues, donde no aguanté ni una semana. Puedo aceptar que soy pobre, pero no que formo parte de un ejército de miserables, de zombis que se acercan como perros sumisos a que les acaricien las monjas y los funcionarios municipales. ¡Maldita sea, en mi hambre mando yo! ¡No necesito caridad sino que me devuelvan mi dignidad!
Así que me vi vagando por las calles, huyendo de los alcaldes que practican la tolerancia cero limpiando las calles de gente como yo, sin darse cuenta de que somos la consecuencia de sus propias acciones, su propia basura. Cuando llegan las navidades aprietan más las tuercas de la seguridad. Es lógico, rompemos con la ilusión de un mundo feliz. Con lo que gastan en luces podrían darnos trabajo a más de uno.
Lo único que me consuela es la amistad con otros sin techo, especialmente la que me une a Rufina. Una tarde crucé una carretera por un túnel subterráneo y topé con un Santa Claus que bailaba a la luz de una hoguera. Parecía un rey estrafalario y feliz. Me quedé observándolo un momento y él me guiño un ojo ofreciéndome una lata de cerveza.
Resultó ser una mujer, una mujer extraordinaria que sabe camuflarse para sobrevivir. A pesar de su edad, que nunca me ha dicho –una dama nunca rebela su edad, ironiza-, tiene una naturaleza de hierro. Al parecer se echó a la calle cuando llegó la orden de desalojo. No pidió ayuda a nadie: es demasiado orgullosa. Además, dice que así se libra de su hijito querido, cuya hipoteca fue su ruina. No conozco otra persona más optimista. Dice que los sin hogar somos indios, nómadas, los herederos de una cultura muy vieja e importante que gracias a nosotros no se pierde. Diógenes fue uno de los fundadores. Siempre que hay una manifestación de yayoflautas, aparece en primera plana con una pancarta –sólo se asea en esas ocasiones-. Su sueño es hacerse famosa y que un día se le acerque la alcaldesa y le pregunte en qué puede ayudarla, para poder decirle lo mismo que Diógenes a Alejandro Magno –un guerrero de buena casta-: apártate anda, que la carne de burra de casta no es transparente.
De todas formas, no le gusta que nos apelliden sin techo. Dice que no se ajusta a la realidad, porque tenemos tres techos: uno de cartón –un material excelente para combatir el frío, amén de ecológico-, otro de cemento -el del túnel- y un tercero decorativo –la bóveda celeste-. El otro día me hizo entrar en un locutorio y publicar eso en Plaza Podemos, para sondear un poco. Si su propuesta tuviera mucha aceptación intentaría crear el Círculo de los Sin Hogar. De hecho, ya ha dado los primeros pasos, dibujando en papeles sueltos un mapa censal de los principales puntos de la ciudada donde se concentran nuestros colegas. Así no perderá el tiempo en el caso de presentarse a las primarias, porque las campañas son muy cortas.
El ejemplo de Rufina me reconforta…, pero no lo suficiente. A veces me pongo tan triste que apenas puedo moverme. “Reacciona ciudadano”, me dice, pero es inútil. Siento que quiero volar a otro mundo. Y la verdad, no entiendo muy bien qué me lo impide. Mi única esperanza es que al menos pueda morir por un acto involuntario. Porque el caso es que siento el dolor y sangro igual que los demás, como cuando me muerde el pitbull de algún engominado. Pero siempre acabo estropeándolo. Al ver que la herida se pone fea me emociono y trato de impulsar la infección restregándola en algún charco inmundo. Pero al día siguiente mi piel está limpia.
Tampoco me interesa dar a conocer mi caso. Si la sociedad me ha dejado tirado no se merece que le preste mi cuerpo para que lo estudie. Eso contando con que hubiera fondos para hacerlo, lo cual es improbable en estos tiempos de recortes. De hecho, varios de nuestros tunnel-mates son ex-becarios.
En mi último intento, casi lo consigo.
Oí el rumor de que necesitaban gente en una obra, pero cuando llegué el capataz no estaba. Decidí dormir allí para hablar con él al día siguiente, acomodándome en uno de los contenedores con trozos de corcho y cartones. Reavivé las brasas que habían dejado los albañiles y me comí medio bocadillo que llevaba en el bolsillo. A media noche me despertaron unos gritos que llegaban de lo alto. Parecía una juerga. Subí a cuatro patas por los peligrosos peldaños hasta la última planta. Allí, una luna casi llena proyectaba las sombras de los pilares sobre el fondo negro del abismo. Un conjunto de rostros sorprendidos me observaba con la boca abierta. Pertenecían a cuatro adolescentes vestidos con vaqueros y camisetas de manga corta a pesar del frío. Un hombre alto y calvo se abrió paso entre ellos.
-Vaya, no esperábamos invitados.
Como yo permaneciera mudo, se acarició el mentón y prosiguió:
-Verá, aunque le parezca raro, esto es una clase de educación física. Supongo que habrá oído hablar del Círculo de Cuidadores que Pernoctan (CqP). Pero por favor, siéntese –dijo tomándome del brazo y señalándome uno de los botes de pintura que habían colocado en círculo alrededor de un fuego a modo de asientos-. Me ofreció un brebaje que olía a orujo quemado y me soltó un extraño discurso. Estaba convencido de que la única forma de acabar con el fracaso escolar era sacar la educación de la escuelas y llevarla a la calle. La clase política había inculcado el miedo en la población en los últimos tiempos. Era preciso un nuevo tipo de educación no formal dedicada a combatirlo. Citó a algunos autores, mezcló a Nietzsche con Paulo Freire y a mí se me abrió la boca. Entonces interrumpió su perorata y me llenó otra vez el vaso de plástico.
-Permítame que le haga una demostración práctica de mi fórmula, acompáñeme. Caminamos unos metros hasta llegar a una brecha de varios metros.
-Hemos medido el salto y colocado colchonetas en los bordes. Lo que va a presenciar ahora es un milagro. Estos chicos sacaban las peores notas de su instituto. La orientadora se sentía incapaz de ayudarlos, tenían la autoestima por los suelos, ¿me entiende? Carne de cañón de los malditos políticos, ¿comprende?
Les eché una mirada. Parecían muy contentos, agitándose al lado de algún aparato oculto entre las sombras. De vez en cuando, se acercaban a la cazuela y se servían; entonces eructaban y gesticulaban como posesos, intentando tocarse la punta de los pies con las piernas rectas o dando volteretas laterales al ritmo de la música.
En un momento dado, el extraño profesor sacó un silbato. Al oírlo, los cuatro alumnos se dirigieron en un trote ordenado hacia una línea de tiza que había sido dibujada en el suelo. Después respiraron y flexionaron sus cuerpos adoptando la actitud de los corredores.
-¿Preparados? –gritó el cuidador -¡Sí! –respondieron al unísono. -¿Conoce usted a Apollinaire? –me preguntó. Y luego exclamó-: -Venid hasta el borde -Tenemos miedo, podríamos caer –respondieron ellos como en una siniestra letanía. -¡Venid hasta el borde! –se oyó de nuevo
Entonces se acercaron y se dejaron empujar por el profesor al tiempo que exclamaban:
-¡Y volaron!
Yo me tapé los ojos, temiéndome lo peor, pero cuando los abrí, vi que todos habían conseguido pasar al otro lado y se felicitaban, despatarrados en la colchoneta entre toses y escupitajos.
-¿Qué le ha parecido, eh? – me preguntó el profesor. Tenía en la cara dibujada una sonrisa de orgullo y satisfacción.
Cabeceé mientras daba media vuelta. Al bajar las escaleras escuché de nuevo sus tremendas carcajadas amplificadas por el eco. Me metí en el contenedor de nuevo y me dormí enseguida, ayudado por el alcohol caliente..
No sé cuánto tiempo habría pasado cuando me despertaron unas voces:
-Eh, mirad, un mendigo, vamos a “queimarlo”, ¡ja, ja, ja! -¿Por qué no lo grabamos? ¡Eh, Bolas!, saca tu pedazo de móvil.
Al poco sentí el resplandor y el calor del fuego rodeándome. Me incorporé un poco y sonreí. Ahí tenía la ocasión que tanto había buscado, por fin podía morir; sólo tenía que esperar a que las llamas se acercaran un poco más y se cebaran sobre mí. Con el crepitar de papeles y cartones se mezclaban los chillidos de excitación de los pirómanos. Saltaban y se movían igual que en la azotea, aunque mucho más excitados. Parecían animales enloquecidos por el olor a muerte. No se imaginaban que mi intención era quedarme tranquilamente entre los escombros, sonriendo y agradeciéndoles el gesto.
Sin embargo, cuando las llamas se hicieron más altas y amenazantes, justo antes de lanzarme su mortal dentellada, dijeron algo que me sacó del trance –pues me había concentrado para darle un poco de trascendencia a mi paso hacia una mejor vida-:
-¡Muerte a los parásitos! -¡Viva El Führer!
Al oír aquello cambié de opinión. Cogí el pequeño bote de gasolina que me había regalado Rufina para ayudarme a hacer fuego, rocié con rapidez la ropa que llevaba puesta y la prendí. Una vez que me cercioré de que las llamas no conseguían hacerme daño sino que me acariciaban con su brillo y su calor, atravesé la hoguera de un salto y me planté ante aquellos malditos como un Júpiter rojo de ira. Aún puedo ver sus caras de estupefacción, sus cuerpos paralizados. Podía sentir el miedo entrando por su nariz y por sus bocas, por sus ojos, por todos los poros de su piel, ese mismo miedo contra el que su loco profesor les había vacunado.
Por fin reaccionaron y echaron a correr en todas las direcciones. Perseguí a uno de ellos hasta que topamos con una carretera que atravesamos sin mirar. Tal vez pensó que podía saltarla como había saltado el abismo de hormigón. El caso es que fuimos atropellados aunque obviamente con diferentes resultados. El vehículo se dio a la fuga, y yo, en cuanto me recuperé del golpe, hice lo propio. Huí como huyen los héroes de la escena del delito tras haber ejecutado su venganza.
Cuando llegué al túnel Rufina me saludó con una broma:
-Me huele a chamusquina. Te veo, no sé, como transfigurado. -Sí. ¿Te imaginas a un sin techo con superpoderes? No me refiero a sobrevolar Manhattan o Madrid, sino a alguien que persigue a los corruptos que nos han hundido en la miseria y empoderan a la gente. -Vaya, por fin veo que has comprendido la necesidad de formar el Círculo de los Sin Hogar.
Estábamos en eso cuando se presentó una tal Carolina, del Círculo de Enfermeras. Se ofrecía voluntaria para hacernos un chequeo gratis a los del túnel. Le contamos la coincidencia y le encantó la idea, hasta aventuró que podríamos aliarnos contra el CqP. Rufina se puso muy contenta y una botella de champán que tenía guardada para la noche vieja. La vieja se animó tanto que le contó a la enfermera mi problema, a pesar de las miradas reprobatorias que le dirigí. “Si eso es verdad tú podrías ser un buen candidato para Secretario General”, “Al fin y al cabo, un superman sin techo es el mejor ejemplo de un excluido empoderado”. Desde entonces, no he dejado de darle vueltas a esa idea. Me parece bella. Si estoy condenado a vivir, al menos que sea por una causa justa.
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